No es fácil definir el papel de València en el actual Reino de España. Dado que se nos supone un territorio feliz, con una huerta feraz, una región rica en suma, con playas, calidad de vida y un clima envidiable bajo un cielo azul tan nítido como emotivo, poco más necesitamos. Y apenas recibimos. En consecuencia, llevamos décadas, más allá de regímenes políticos e ideologías de partidos al mando del Estado, sobreviviendo a los agravios comparativos.

Huelga recordar que durante el franquismo los valencianos tuvieron que rascarse el bolsillo para colaborar en las inversiones del Plan Sur, o que ya durante la democracia, tanto socialista como popular, hubo que esperar con décadas de retraso para que se construyeran los túneles de la Safor que completaban la autopista del Mediterráneo o que llegase el metro a Valencia. Del mismo modo, las grandes ciudades valencianas han sido de las últimas en contar con circunvalaciones adecuadas o en alcanzar la llegada del AVE.

Recordemos también que la conclusión de la autovía a Madrid fue poco menos que una larga agonía a su paso por los viaductos de Contreras o que, ni por asomo, hemos sido agraciados con alguno de los grandes eventos fomentados por la nación a pesar de nuestro estado permanente de solicitud, a veces, todo hay que decirlo, un poco plasta y sin sentido, como cuando fuimos sede permanente de la OTI, amigos berlanguianos de las ciudades árabes o intentamos los Juegos del Mediterráneo. Almería, en cambio, sí consiguió organizar aquel cónclave deportivo; València, ahora, tiene que pagar un canon y los gastos para traer parte de la próxima gala de los Goya.

No es de extrañar, por lo tanto, que los valencianos hayamos hecho un gran frente común para conseguir el corredor del Mediterráneo que debe dar salida ferroviaria al histórico eje que constituyó en su día la vía Augusta, el camino más rápido y menos accidentado para unir el corazón de Europa y el punto más al sur del continente. Castelló, València y Alicante se han unido, todos en una sola voz, reclamando una infraestructura necesaria para no perder el tren europeo.

Esa es la principal inversión requerida pero no la única. Seguimos sin tren entre Gandia y Dénia, sin un buen enlace ferroviario con Teruel y el Cantábrico, sin inversiones para el transporte en las grandes ciudades… Y como no vivimos solo de obra pública, también echamos en falta que se invierta en universidades, en investigación, en los grandes equipamientos culturales –del IVAM al Bellas Artes o a los ‘palaus’ musicales y teatros principales…– o en ayudas para regenerar playas, mejorar los parques naturales, conservar la biodiversidad valenciana que tanto elogiaba nuestro botánico Cavanilles.

Nos ha tocado reclamar una financiación justa porque es un escándalo que el gasto corriente y de inversiones per cápita relegue a los valencianos frente al resto de españoles, se sientan o no como tales. Lo hemos pedido frente al PP de Mariano Rajoy y frente al PSOE de Pedro Sánchez, y seguimos igual, incluida la tibieza de Compromís, el partido llamado a defender los intereses valencianos pero que sigue perdido en calenturas ideológicas e inmersiones lingüísticas.

Justo en el momento en el que esos intereses valencianos han perdido al ministro valenciano de Fomento y cuando al nuevo PP de Carlos Mazón y María José Catalá no se le ocurre otra cosa que volver a despertar el fantasma del regionalismo que alimenta la crispación anticatalanista –un reservorio de cuatro exaltados–, los empresarios han invitado a Josep Antoni Durán i Lleida para debatir el futuro del país. Durán, un elegante catalanista moderado, el histórico socio democristiano de Jordi Pujol, quiso fusionarse con el PP de José María Aznar para crear una especie de nueva CSU a la catalana siguiendo también el modelo de la UPN navarra. Y estuvo, también, en un tris de ser ministro español de Exteriores con algún Gobierno popular.

Nada de aquello cuajó y hoy en día Cataluña paga el precio de su huida radical con la parálisis política. Durán es muy crítico con la situación catalana, pero él no deja de ser en parte responsable del ocaso de la moderación y el pragmatismo en el llamado Principado –en honor a la casa condal de Barcelona–. Obviamente, Durán critica el proyecto independentista pero, al mismo tiempo, subraya que el país no puede construir su futuro sobre un nuevo centralismo a la madrileña. Y es en ese punto donde debería jugar València, como factor de equilibrio entre el nacionalismo periférico y el españolismo radical, aprovechando el intersticio que dejan esos dos bloques.

Ese ha de ser nuestro papel, no hay otro por más que algunos se empeñen en soñar naciones inexistentes o regresos al pasado: València ha de ser la rótula de España, el espacio que muestre la posibilidad de una convivencia fértil entre la castellanidad y la catalanidad, un espacio de moderación y creación de sinergias, bilingüe, de identidad híbrida y cosmopolita. Cuando así ocurre resulta que, desde la sociedad civil, vemos emerger una sorprendente energía tecnológica y empresarial, un punto de innovación que llama la atención de propios y extraños. La primera compañía española que ha cotizado en el Nasdaq va y resulta que es valenciana: Flywire… y además reinvierte sus beneficios en proyectos educativos humanísticos. Todo alejado de las riñas estériles de siempre.