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alberto soldado

Banalizar el horror

Un joven se arrodilla ante el altar colocado en la acera donde fue golpeado Samuel.

Un joven se arrodilla ante el altar colocado en la acera donde fue golpeado Samuel. M. Dylan - Europa Press

Todo es confusión, hasta el extremo de banalizar el horror. Huimos de la asistencia necesaria para salvar la vida de alguien que está siendo apaleado brutalmente y ha de ser un ‘indocumentado’, Ibrahima Shakur, quien se enfrente a la manada de salvajes asesinos. Ese inmigrante demuestra tener más sentido cívico que esos jóvenes compatriotas en los que el Estado ha invertido cientos de miles de euros en su formación y que se abstuvieron de ayudar. En esos años de escuela e institutos nadie le ha dicho que hay veces que defender la verdad y la justicia requiere de valientes que cumplan con el deber de dar en un paso al frente. Ahora nos conformaremos con resaltar la heroicidad de alguien que actuó sin pensar más allá de que había que proteger a un indefenso. Esa acción la premiamos como algo especial, pero seguiremos proclamando derechos sin exigir deberes; formando ciudadanos dóciles que no se pregunten nada, que huyan del compromiso. Como dice Jean François Revel, «ya no tenemos la coartada del desconocimiento, tenemos la más temible, la del conocimiento inútil».

Hemos llegado al extremo de tolerar lo intolerable. Huimos de la defensa del apaleado: «Mejor no meterse no me vaya a pasar algo…». Esa manera de razonar la extendemos a todos los ámbitos sociales. Mejor no meterse. Y de ahí a aceptar sumisamente el pensamiento único sólo hay un paso. De ahí a aceptar como necesario que existan millones de esclavos asiáticos que trabajan para multinacionales destrozando las conquistas sociales de los trabajadores de la industria europea, de los agricultores, del pequeño comercio, no queda ni un paso, porque ya se ha dado, en aras a la doctrina del liberalismo global. Un pensamiento que no admite ningún contrapeso. Si alguien lo intenta, se ridiculiza con los epítetos de facha, comunista o loco. No hay espacio para proclamar una doctrina que dignifique la condición de hombres y mujeres dignos de alcanzar la ciudadanía activa, responsable, crítica.

El sistema necesita de esclavos productores, al servicio de los monopolios, formados en el ‘conocimiento inútil’, adormecidos con drogas y sexo. De ahí el desprestigio de las humanidades, la manipulación descarada de la historia, juguete de activismos sentimentales, la despiadada persecución a toda propuesta que busque un hombre libre que indaga sobre el sentido de su vida, que se pregunta el porqué de las cosas, de dónde venimos y hacia dónde vamos; de su aportación única e intransferible a la solidaridad entre humanos ocupantes de un espacio único que debemos preservar. Profundizar en el estudio del hombre y de sus potencialidades; estudiar la cultura del encuentro desde la idea fraternal ayudará a comprender el enorme desafío que supone la aceptación de la interculturalidad.

El muchacho inmigrante africano que plantó cara a los bestias que apaleaban hasta matar lo tenía claro: defender la vida arriesgando su propia vida. Lo hizo con la generosidad de un hombre formado en un valor eterno. Sí, eterno, porque si dejara de ser eterno, si la defensa de la vida frente a la muerte dejase de ser prioritaria es que ya no seríamos hombres. Seríamos bestias sin raciocinio como los que asesinaron a Samuel.

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