El pasado día 14, la Comisión Europea, con su presidenta Ursula von der Leyen (una alemana que horas después viviría una graves inundaciones en su país conectadas con la crisis climática) al frente, adoptó una decisión radical concretada en el denominado ‘Fit for 55’, el paquete de resoluciones para la reducción de la emisión de gases efecto invernadero (GEI) en un 55 % respecto a las cifras de 1990, camino de la neutralidad en 2050. El compromiso europeo del próximo noviembre en la COP26 de Glasgow, queda presumiblemente programado.

La Comisión ha hablado con una claridad pasmosa en estos tiempos de corrección política y ha hecho lo máximo que el actual orden europeo permite: a) proponer políticas comunes que obligan a los responsables de los gobiernos nacionales, a explicar la realidad a sus electores; b) recordar que entre los dos billones de euros que Bruselas administra, la crisis climática es el objetivo más importante con el 30 % en el marco financiero plurianual y el 37 % de los 723.800 millones de euros del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia, que acabarán financiando los programas nacionales de recuperación de los Estados miembros.

La Comisión acaba de entrar en otra dimensión y, por si fuera poco, dos días después China lanzó el mercado de carbono más grande del mundo, como parte de su promesa de reducir sus emisiones contaminantes. El gigante asiático es el principal emisor mundial de GEI. También es el país que más invierte en nuevas energías, y Pekín ha prometido lograr la neutralidad de carbono en 2060.

La urgencia vital de reaccionar a la crisis climática convierte la vía marcada por la UE (quien emita GEI debe pagar por ello) en inamovible. Sin embargo, la Comisión quiere que los Estados miembros combinen la reducción de emisiones «con medidas que preserven la biodiversidad poniendo los empleos y el equilibrio social en el corazón de la transformación». La idea de que el cambio climático conduce a la creación de un mayor nivel de empleo se repite machaconamente a lo largo de toda la literatura climática de la Comisión, y no sabemos si esta frase es como el perejil de adorno de un manjar, o parte sustancial del mismo. En cualquier caso, pensamos que, afortunadamente, la Comisión es consciente de que la aceptación de las sociedades europeas pasa también por una equilibrada y difícil articulación de la dimensión climática y de la revolución digital, con unos niveles dignos de cantidad y calidad de empleo. Probablemente haya pesado en su mensaje de tranquilidad sobre el empleo el recuerdo de las movilizaciones de ‘los chalecos amarillos’ en Francia, que se iniciaron en protesta por el encarecimiento de los combustibles y por los problemas de paro, que querían resolver exigiendo la dimisión del primer gobierno de Emmanuel Macron. Sin embargo, pesan más el nivel de la decisión política y el valor de mantener presente la dimensión empleo que la motivación o solidez de los argumentos empleados.

En España, la intersección entre empleo y cambio climático se ha expresado en tres cifras coherentes, aunque distintas. La más relevante es la del presidente del Gobierno, quien estimó «más de 800.000 empleos en tres años» en la presentación del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Las otras son la evaluación de 300.000 empleos netos por año del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima 2021-2030 y la tasa de empleo del 68 % en 2030 del Programa 2050. A estas cifras queremos poner dos acotaciones: la primera, están sin evaluar los probables impactos negativos si el sector turístico, estratégico para España, sufre un golpe serio tras el de la pandemia por el encarecimiento de las tasas de carbono del transporte aéreo; la segunda, y en relación con el impacto de la revolución digital en el empleo, en el Programa 2050 se asumen profundas transformaciones cualitativas, que nosotros expresamos como aumento de la desigualdad, la polarización y la precariedad. Se confía en que a medio y largo plazo la transformación digital cree empleo neto, como en anteriores revoluciones industriales, pero está por ver si esto se verifica en la situación del planeta que pone un freno drástico a la contaminación, lo que constituye un cambio cualitativo sin precedentes en el desarrollo económico, con la búsqueda vital de emisiones cero en 2050.

Aunque no es entendible que la Comisión haya presentado ‘Fit for 55’ una vez presentados los programas de los gobiernos para los fondos extraordinarios, en cualquier caso, y más allá de dudas razonables, esperemos que se alcancen los objetivos climáticos y de empleo, porque vivimos en un país con demasiados jóvenes en el límite de su derecho vital al trabajo y con las consecuencias climáticas degradando nuestra vida cotidiana.

En definitiva, sin caer en un optimismo infantil o en el conservadurismo, ya sea de izquierdas o de derechas, creemos que hay que plantearse las propuestas de la Comisión, que en el fondo plantean que clima y empleo pueden solucionarse de forma combinada. Si así fuera, habría que dejar de machacar el clima y el empleo, avanzando en este camino climático y asociado al empleo y apoyar los esfuerzos políticos y sociales que se dirijan hacia ese horizonte.