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Alfons Garcia

A vuelapluma

Alfons Garcia

Fin de temporada 

El abrazo

El abrazo EFE/ Morell

La expresión resuena a saldos y oportunidades, a desprenderse de los artículos en venta como sea para empezar una etapa diferente, con género nuevo y flamante, que ilusione y atraiga a la clientela. Fin de temporada. Algo así son estos días. Prefiero no pensar qué sucede con los productos que se quedan sin vender y con los días que se quedan sin gastar.

La verdadera agonía existencial del siglo XXI es abrir el smartphone y encontrar que ni una aplicación funciona. Ni los mensajes, ni las redes, ni siquiera la agenda de contactos está activa. Cuesta respirar cuando pasa. Algo así son estos días. Como si demasiadas cosas fallaran y ya no supiéramos qué hacer. Confieso que llego falto de oxígeno y desconcertado a este momento. Se suponía que todo tenía que estar mucho mejor y que iba a ser un verano de reencuentro con la vida de antes, pero lo que se ve es un incremento de la gente en hospitales. El drama vuelve a acechar y lo que queda es miedo y carencia de asideros mentales y argumentos para aguantar un poco más. Empiezo a creer que esto no tiene fin. Y no ayuda el clima de desencuentro político constante, de todos contra todos, como si no fuera posible ya ni hablar y ofrecer algo de seguridad. ¿Tanto nos hemos deteriorado? El veneno del odio campa a sus anchas igual que este virus sin origen. El verano es un océano muerto de calor. Algo así son estos días.

Lo fascinante de este tiovivo llamado vida es que también será el verano en que un joven descubrirá la belleza eterna de una noche de luna llena frente a un mar brillante al lado de la persona amada. Quizá no suene Madama Butterfly ni pasen cangrejos al lado de los pies, ni sea la arena blanca del Caribe, pero ya es bastante. Este también será el verano de sus vidas de muchos que logren el sueño de estrenar un futuro en Europa, pese a las zancadillas que les vayamos a poner. Porque duele este verano, pero los hay bastante peores. Yo escribo en esta madrugada sólida y silenciosa, con un ordenador de última generación, un techo que resguarda, una nevera llena y donde no falta algún capricho pequeñoburgués. A cien metros de mí duerme un tipo en un banco con una mochila como almohada donde caben los restos de una vida quebrada. Una de las ventanas que da a ese parque es la del apartamento donde duerme un político con cargo. Me lo imagino mirando por ella, frente al desheredado. Lo compadezco por la sensación de fracaso que sentirá. Algo así son estos días.

Resistir, nos dicen. Una carrera de fondo. Capacidad agónica. Sé que hay vida alrededor porque sigo apreciando la honestidad de la humildad. Un padre en el tren a València. Le da agua al hijo pequeño de una nevera portátil con la que viaja. Le señala ilusionado la velocidad del tren, 300 kilómetros por hora, y le alecciona para que no se baje la mascarilla. Su acento señala que no es de aquí. Quiero pensar que no sabe lo que es Twitter y tiendo a creer que es más feliz que yo camino de, imagino, su primer verano en la playa con su hijo y su mujer. Me imagino su llegada al mar. Ese breve instante que quedará para siempre como el recuerdo inolvidable de la felicidad. El mar es siempre anhelo y sueño.

Algo así son estos días. Fin de temporada. Quizá conviene desconectar la realidad para que vuelva a funcionar. Como con los móviles cuando las aplicaciones se rebelan. Algo así debería ser este verano, un oasis de ternura que permita reencontrarnos.

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