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La sección

Tonino Guitian

La castrante cursilería

Si van a citar a Simone de Beauvoir, retengan al menos las dos citas que abren el primer tomo de «El segundo sexo». La primera es de Pitágoras y define claramente el lugar tradicional de la mujer: «Existe un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer». Aplíquenme de paso a mí la segunda, de Poulan de la Barre, el sacerdote precursor del feminismo: «Todo lo que han escrito los hombres sobre las mujeres debe tenerse por sospechoso, puesto que son juez y parte a la vez».

Como la tendencia de inspiración revisionista lleva algunos años cambiando las interpretaciones de la historia y de las doctrinas políticas, nos desayunamos cada día con definiciones vitales contradictorias de lo más pintorescas: los tiranos son libertadores, la violencia tiene justificación, los oprimidos nos explotan. El caso de la mujer ha sido especialmente jugoso, ya que la revolucionaria frase «La mujer no nace, se hace» fue tan popular como «proletarios del mundo, uníos». Pero con el retorcimiento de los significados se ha llegado a querer demostrar, desde el objetivismo moderno, que las personas somos meras máquinas de felicidad, y que ni el proletariado ni la mujer son reales, solo una sensación. Reconozcamos que ambos términos acaban por ser irritantes. Pues para solucionar eso está el nominalismo, la doctrina filosófica que niega la existencia de los términos universales en laline realidad y los considera como meros nombres o términos carentes de significado. Ya no hay derechas ni izquierdas, vivan la igualdad y la libertad.

Sepan que el molesto término «proletario» existe. Viene de «proletarii», los ciudadanos de clase baja de la Roma Imperial que no tenían propiedades y solamente podían aportar hijos para engrosar los ejércitos. Igual pasa con los términos de la condición femenina: cuando Simone de Beauvoir utiliza la paradoja literaria «no se nace mujer», no niega las diferencias físicas que permiten determinar el sexo de los recién nacidos. Afirma que la mujer nace biológicamente mujer, pero se convierte también culturalmente en mujer como estereotipo creado por los hombres. Como en el caso del proletariado, para Beauvoir se trata de tomar consciencia de una situación que siempre es más desfavorable para unos que para otros. Actualicemos la frase de manera correcta en lo político «la situación es más desfavorable para unos, unas, unes que para otros, otras, otres». La diversidad de términos igualitarios anulará la propia reivindicación de las diferencias.

Quitar significados a la palabra mujer es hacer creer que la mujer nunca ha existido. Las mujeres serían solamente seres humanos a los que arbitrariamente y de manera mitológica se designa con la palabra mujer. Pero las patas del nominalismo y el objetivismo son cortas y no resulta tan sencillo demostrar mediante abstracciones que mujeres y hombres somos como el alma, un mero constructo mental que se determina individualmente.

Lo que realmente sigue en transición son los derechos de la mujer. Mientras sean abstractos no aseguran una realidad de igualdad. Por eso se juega con el equívoco. Todos somos oprimidos por igual en nuestros deseos. Todos somos agredidos sin diferencia, porque el género es mental y sin relación con el sexo. Y mientras hablan de la libertad individual de lo femenino y lo masculino, exaltan los mismos roles de apariencia. Yo soy un hombre mentalmente y para demostrarlo me voy a dejar barba. ¿Qué reclaman entonces las feministas si estamos todos al mismo nivel, si todo lo que es importante ocurre en nuestro interior? 

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