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Esther Vivas

BARRA LIBRE

Esther Vivas

El negocio de la comida

Cuando miramos de cerca este modelo de producción, distribución y consumo de alimentos vemos que en realidad no funciona porque genera hambre en un mundo donde sobra comida, acaba con la diversidad agrícola y alimentaria, destruye al pequeño agricultor y provoca una serie de enfermedades vinculadas a aquello que comemos.

Una de las principales debilidades de este modelo agroalimentario es que, a pesar de su alta producción, muchos de los alimentos que se elaboran no acaban en los estómagos de la gente. Porque si no tienes dinero para comprarlos o acceso a los medios para producirlos, no comes. Según datos del que fue relator especial de las Naciones Unidas por el derecho a la alimentación, Jean Ziegler, en el mundo hay comida para 12.000 millones de personas, y en el planeta somos 7.000 millones. En consecuencia: nadie debería pasar hambre. La realidad, en cambio, es bien distinta: 700 millones de personas en el mundo la sufren.

Más producción no significa más comida disponible para comer. ¿Por qué? Los alimentos en el sistema agrícola actual se han convertido en una mercancía. La cadena que une el campo con el plato está en manos de unas pocas empresas del agronegocio y la gran distribución que han convertido el derecho a la alimentación en un privilegio.

Por no hablar de toda la comida que se desperdicia a lo largo de la cadena alimentaria. El 20 % de los alimentos producidos en la Unión Europea se acaba echando a perder, desde su producción hasta el consumo final. Aparte, hay que tener en cuenta la gran cantidad de cereales que son destinados a la ganadería intensiva o a la industria de los biocombustibles, en vez de alimentar directamente a las personas.

Nos insisten, por otro lado, en que podemos elegir entre una gran variedad de productos alimentarios. Sin embargo, bajo la ilusión de la diversidad, se esconde la más estricta uniformidad. Un paseo por distintos supermercados nos permite observar cómo los productos ofrecidos en unos y otros, ya sean envasados o frescos, son prácticamente los mismos.

Y es que, en tan solo un siglo, hemos perdido el 75 % de la diversidad agrícola y alimentaria, según cifras de la FAO. Las variedades de frutas y verduras han ido disminuyendo y se han potenciado aquellas que encajaban mejor con los intereses de una industria agroalimentaria adicta a los agrotóxicos y con un sinfín de alimentos viajeros, que recorren miles de kilómetros antes de llegar a nuestro plato.

El agricultor es otro de los grandes perjudicados por este modelo de agricultura industrial. En el Estado español, poco más del 4 % de la población activa trabaja en la agricultura. Y esto es así porque, a la hora de vender comida, quien menos gana es aquél que la produce. El diferencial entre el precio que se paga al productor en el campo y el que nosotros pagamos en el supermercado continúa subiendo día tras día.

Al mismo tiempo, las dolencias vinculadas a aquello que comemos no han hecho sino aumentar. La dieta occidental, como señala el periodista Michael Pollan en su best-seller ‘El detective en el supermercado’, es responsable de muchas de nuestras enfermedades. «Cuatro de las diez primeras causas de mortalidad hoy día son enfermedades crónicas cuya conexión con la dieta está comprobada: cardiopatía coronaria, diabetes, infarto y cáncer», afirma. Se trata de una dieta occidental con muchos alimentos procesados, mucha carne, mucha grasa y mucho azúcar añadido, que nos enferma.

A principios del siglo XX, como señala Pollan, un grupo de médicos observó que donde la gente abandonaba su forma tradicional de comer y adoptaba esta dieta occidental, pronto aparecían enfermedades como la obesidad, la diabetes, los problemas cardiovasculares y el cáncer, que se bautizaron como «enfermedades occidentales». Somos en buena medida lo que comemos, y así nos va.

Llegados aquí, tal vez deberíamos preguntarnos si el sistema agrícola y alimentario actual funciona. En mi opinión: no. Se impone el negocio de la comida.

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