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Mari carmen diez navarro

¿Tienen la culpa los jóvenes?

Juan Varela

Últimamente todo son críticas a la actitud de algunos jóvenes y a su empeño en hacer fiestas y «botellones» como si nada hubiera pasado en este tiempo de pandemia. Parece que les da igual lo que ocurra como consecuencia de sus actos, como si hacer su voluntad sin restricciones fuera su única bandera, como si no pudieran privarse de nada que les suponga disgusto, frustración, o el más mínimo malestar. Así que ha sido fácil adjudicarles las culpas de la extensión de esta nueva ola que nos asusta a todos.

Sin embargo, podríamos considerar que tal vez hay una parte que nos corresponde a nosotros en este fenómeno como criadores permisivos y consentidores que hemos sido y estamos siendo. También podríamos ver la parte que han tenido algunos medios de comunicación con sus mensajes tranquilizadores de que la pandemia había tocado a su fin. Y, por supuesto, la parte correspondiente a la publicidad que nos martillea convenciéndonos de que «nos merecemos lo mejor», y animándonos a salir para «recuperar nuestra perdida libertad» y disfrutar todo lo que podamos.

Hemos cargado tanto las tintas en la protección de los niños, que se ha convertido en una sobreprotección que ha debilitado su autonomía real. Hemos aupado tanto su autoestima que se nos han vuelto soberbios, exigentes e intolerantes. Les hemos ocultado tanto el dolor, la enfermedad, el esfuerzo y la muerte «para que no sufran», que se apartan de todo lo que conlleve sufrimiento o debilidad.

Hemos querido procurarles placidez y abundancia, hacerles fáciles las cosas, evitarles lo duro, lo triste y lo aburrido, seguramente con buena voluntad y deseo de ayuda. Pero es probable que estos excesos les hayan hecho confundirse y ver en exclusiva los aspectos placenteros de la vida, como si no existiera nada más. Así que tienen muy poca práctica en «aguantar el tirón», en tolerar las frustraciones o en soportar no tener lo que desean a la mayor brevedad posible.

Durante un tiempo culpamos de la desgracia de la pandemia a los laboratorios de Wuhan, después a la ignorancia y la descoordinación de los expertos sanitarios y los políticos. Y ahora culpamos a los jóvenes que se están saltando las precauciones con tal de juntarse, mostrarse y hacer las tontunas propias de la edad. Esto de buscar chivos expiatorios es una costumbre.

Los encuentros de adolescentes y jóvenes no sorprenden a nadie, los hemos vivido y los conocemos bien. Así como el asalto que suelen hacer a los horarios y a las normas que se les sugieren, el rebelarse contra la autoridad y el creerse más mayores de lo que son (en unos casos), o el estancarse en una adolescencia eterna (en otros). Pero en estos momentos todo se ha complicado y se ha desbordado con las ofertas de esta sociedad del consumo, la despersonalización y la búsqueda del goce sin paliativos. Y aquí es cuando entran en acción el alcohol y las drogas, que provocan, como es sabido, pérdida de control, daños físicos y psíquicos, brotes violentos, abusos, dependencias y otras cuestiones, todas ellas peligrosas.

El asunto es que a estos jóvenes a los que criticamos (y que viven en nuestras casas), los hemos hecho así precisamente nosotros, a base de la facilitación extrema de la vida, de la escasa reflexión y transmisión de valores, de la dificultad para ponerles normas y hacer que las cumplan y de la propuesta del consumo como una estrategia de funcionamiento vital, que también hemos hecho nuestra. (¿Estamos tristes o enfadados? Pues vamos a comprarnos algo, a cenar fuera, a tomar unas copas…).

Desde pequeños hacemos sentir a los niños que son iguales a nosotros, les ponemos pocas leyes, les compramos los juguetes o maquinitas que nos piden, les dejamos tomar decisiones que no les corresponden. Un proceso de adultización, que aparentemente los hace autónomos, pero que en realidad los sitúa en una «tierra de nadie», en la que creen que están al nivel de los padres, aunque no sea así. Y eso les produce inseguridades que tapan con diversas alteraciones, comprando cosas o apoyándose en otros, ya sean amigos, novios, personajes, redes sociales, etcétera. Y cuando atraviesan algún momento de crisis y fragilidad, como la adolescencia, se refugian todavía más en los demás y esconden sus miedos bebiendo o tomando alguna sustancia, intentando vivir alienados, al margen de sí mismos, de la familia y de la sociedad.

No disculpo las conductas imprudentes, pero señalo que los jóvenes son solo un eslabón de la cadena y no precisamente el más fuerte. Y que los comportamientos que tanto nos indignan no hablan exclusivamente de su irresponsabilidad, sino que tienen mucho que ver con la manera de haber sido criados, con su momento vital impulsivo y desbordado, con su necesidad de autoafirmación y rebelión, y con la oferta de placer y dependencia que la sociedad de consumo sugiere y proporciona.

Ahora la situación reclama que intentemos guiar y frenar a los jóvenes que se saltan las precauciones precisas para el bienestar colectivo, pero creo que también tendríamos que procurar entenderlos. Y además sería preciso que nos planteáramos hacer cambios significativos en nuestro modo de educar, tanto en casa, como en la escuela, en ejercer una actitud crítica ante los medios de comunicación y las propuestas del mercado, y en humanizar las relaciones dando valor al cuidado mutuo, a la escucha y al respeto entre las personas. Con covid y sin ella, siempre.  

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