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myriam albeniz

La telebasura se mantiene en perfecto estado de salud

Tanto el medio televisivo como la prensa y la radio podrían ser aliados de la educación, la cultura y la libertad, además de contribuir a mejorar el nivel de convivencia y respeto entre los ciudadanos, si existiera un mínimo de voluntad por parte de los poderes públicos y de las mastodónticas empresas de las que dependen. Sin embargo, habitualmente mal utilizados, provocan justamente el efecto contrario. Es lo que viene sucediendo en los últimos años con el fenómeno de la telebasura, aquella que emite cierto tipo de programas caracterizados por su mala calidad en la forma y en el fondo, y en los que prima la chabacanería, la vulgaridad, el morbo e, incluso a veces, la obscenidad y el carácter pornográfico. 

De un considerable tiempo a esta parte han copado los espacios de las cadenas tanto públicas como privadas, ya sean locales, autonómicas o nacionales, con un rosario de juicios paralelos, bajos instintos, mentiras, calumnias, ordinarieces, griterío soez y amarillismo. Todo vale en este circo mediático poblado de personajes que, sin ningún rubor, prostituyen sus cuerpos y sus almas delante de las cámaras en busca de su correspondiente minuto de gloria, acompañados normalmente de unos ingresos inversamente proporcionales a su nivel intelectual y moral. Paradójicamente, los promotores de estos engendros responden a críticas y quejas escudándose en que se limitan a reflejar una realidad social que, según su percepción, incluye a individuos que durante su infancia sufrieron abusos en el seno familiar, o mantuvieron su primera relación sexual siendo aún niños o cometieron toda suerte de excesos tóxicos en sus años mozos, por aportar algún ejemplo. 

El éxito de sus fórmulas estriba en expresar visiones personales lo más alejadas posible del rigor y del conocimiento. Lo contrario implica ser un perro verde, un extraterrestre, un peligro público que se ha limitado a vivir en los límites de la tan denostada normalidad, ya que, en virtud de la férrea dictadura de las audiencias, las opiniones de quienes han sacrificado una vida al estudio y al comportamiento digno no pueden ser tenidas en cuenta. Las andanadas de los fenómenos de barraca de turno, por contra, son las que neutralizan y reducen a escombros los criterios de quienes poseen mayores capacidades técnicas y mejores cualidades artísticas. Siempre me ha resultado imposible hallar un ápice de interés en esos espacios cuyo único contenido se ciñe a divulgar las intimidades más bochornosas de sus participantes, sea en una isla desierta, en una casa alejada del mundanal ruido, en una granja con vacas y gallinas, en un restaurante o en un plató de grabación.

Sin embargo, para las grandes cadenas todo vale con tal de liderar las estadísticas de seguimiento y se afanan en llevar a cabo estrategias de carácter cuasibélico para conseguir el mayor número posible de espectadores, aun a riesgo de condenar a estos a un eterno erial cultural. Ostentar el liderazgo mediático les sirve para reforzar su imagen de marca y obtener de ese modo una millonaria repercusión económica derivada de la publicidad. La pugna entre ellas es constante y cruenta, y para alcanzar la victoria final no dudan en retribuir a los peones de sus tableros (llámense concursos, realities o tertulias sabatinas con pretensiones periodísticas) con unas cantidades astronómicas equivalentes a décadas salariales para cualquier ciudadano de a pie, y que a más de uno nos revuelven el estómago y la conciencia. La esclavitud de las cuotas obliga a las cadenas a ser más conservadoras y a no arriesgar con nuevos contenidos, generando un empobrecimiento cultural y un descenso en el buen gusto y en la predisposición de los televidentes a apreciar proyectos creativos que se desmarquen de la corriente dominante. En resumen, mientras la oferta de entretenimiento e información audiovisual transite por estos derroteros, contribuir a un progreso social de calidad no dejará de ser una utopía. Otra más.  

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