La imagen de gigantescos cruceros surcando las aguas de la laguna de Venecia se había convertido en un reflejo del apocalipsis turístico que destroza cualquier paisaje o medio ambiente por muy valioso que sea. La agresión a una ciudad frágil y singular resultaba ya tan evidente que el ministro de Cultura italiano, Dario Franceschini, ha anunciado que a partir de agosto estos enormes buques tendrán prohibido surcar el canal veneciano. Tal vez se trate de una pequeña, pero simbólica, victoria de todos aquellos movimientos que claman cada día con más fuerza por un turismo racional, sostenible y respetuoso. En uno de sus efectos más perversos, con el viento a favor de los vuelos ‘low-cost’ y la ley de la selva de los apartamentos turísticos, la globalización ha generado un turismo de masas insoportable que todo lo arrasa. Perdida la experiencia del viaje como descubrimiento, cruce de culturas o amplitud de horizontes, los destinos turísticos han derivado en parques temáticos donde encontramos siempre las mismas tiendas e idénticas marcas. Así las cosas, los centros históricos de bellas ciudades de antaño han pasado a ser fotocopias que han anulado cualquier rastro de originalidad. Da igual pasear por Barcelona, Palma, Valencia, París, Roma o Praga porque tendremos la impresión de estar en calles que ya hemos transitado. La voracidad de ese capitalismo depredador y de poco valor añadido que llamamos desarrollo turístico amenaza con destrozar más costas y bosques y con expulsar de los barrios antiguos a sus vecinos de siempre para abrir las puertas a los fondos buitre de viviendas.

Cabalgando esa desbocada ola de un país entregado al becerro de oro del turismo, anclado desgraciadamente en una economía para albañiles y camareros, ni siquiera la terrible pandemia ha servido para replantear un nuevo modelo económico. Sin embargo, cada vez se alzan más voces que denuncian ese monocultivo tan peligroso y practican no una turismofobia indiscriminada, sino una crítica hacia un desarrollo que acentúa las brechas sociales y expolia los recursos naturales. Algunos ensayistas han alertado del sombrío futuro que nos espera, de ese pan para hoy y hambre para mañana si no reequilibramos el turismo. Tanto Pedro Bravo, en ‘Exceso de equipaje. Por qué el turismo es un gran invento hasta que deja de serlo’, como Santiago Alba, en ‘Turismo: la mirada caníbal’, entre otros autores, han abogado por nuevas pautas que pongan sensatez a estas invasiones sin freno. Ahora bien, la batalla por alternativas al turismo de masas parece perdida porque los gobernantes, sean del color que sean, sólo proclaman triunfalistas los millones y millones de turistas que nos volverán a visitar en busca de un aceitoso plato de paella y una sangría aguada. No parece preocupar mucho ni poco la calidad en lugar de la cantidad ni las ofertas que se alejen del sol y la playa, dos elementos que proporcionan ganancias rápidas y seguras a un empresariado que, salvo honrosas excepciones, heredó de sus abuelos un campo de almendros al lado del mar que de forma milagrosa se transfiguró en un rascacielos. Basta con leer algunas novelas de nuestro desaparecido paisano Rafael Chirbes para comprobar que a muchos promotores turísticos no les importa nada que su país sea irreconocible en pocos años. Sólo les mueve la codicia.