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Tonino

LA SECCIÓN

Tonino Guitian

Hijos

No les quiero aturrar durante los cinco domingos de agosto que empiezan hoy con cuestiones complicadas. Hablaré, hasta la sangre, de trivilialidades; de ese relleno de tertulias cerveceras y de comadres de apartamento mal avenidas; de las mismas cosas que repiten los cuentachistes modernos, los malos políticos y los que se creen poetas: el matrimonio, los padres, la comida y las 36 situaciones que el dramaturgo Carlo Gozzi estableció como posibles en la literatura. En definitiva, de nuestra vida entre bufonadas y cuentos de hadas.

Que hablar de los hijos sea un tema casi intocable dice mucho de la cursilería con la que hemos revestido los actos que realizaban nuestros padres con naturalidad. Entonces se asombraban de que los vástagos de una familia conservadora salieran bohemios, de un aristócrata un hombre de izquierdas o de un trabajador incansable cuatro vagos.

No hemos escapado de desear que la educación de nuestros hijos sea el compendio de nuestra experiencia. O de enseñarles algo que lleven siempre consigo, que les prevenga de nuestros errores, que nos comprendan, que nos continúen o que nos quieran. Pero ni Mendel podría satisfacer nada de esto porque los hijos no están hechos ni por la madre ni por el padre. Se desarrollan con personalidad propia. Están hechos por su generación, y su personalidad se sobrepone a la nuestra. Nos arrastran, porque la Naturaleza alterna los tipos de la genética, y cada bebé trae consigo una novedad.

Si han estado guardándose desde el párrafo anterior la pregunta de si tengo hijos, comprendo su repentino interés en ese pragmatismo de la paternidad que muchos piensan se adquiere por experiencia. Pero si usted se encuentra ante un hijo extraño a usted, yo me encontré con un padre extraño a mí. Si su hija se le asemeja, yo nunca pedí tener el carácter de mi madre. Usted no puede suprimir a su hijo y yo no puedo suprimir a mis padres. Estoy seguro de que usted me entiende. La vida oculta muchas eventualidades. Uno cambia de propósito en el ascensor después de que le hayan convencido en la sala de juntas.

Así que dele un nombre de moda o de abolengo a su hijo e imprímale su personalidad. Si puede. A menudo es más fácil entendernos con un desconocido que con un consanguíneo. Los hijos no repiten a los padres. Lo normal es que se rebelen, porque es la evolución creadora quien lo quiere. En cada uno de nosotros está el núcleo de nuestro opuesto, y es este el que se desarrolla y triunfa. Su hijo le llamará papá porque a través de usted estará en contacto con el mundo. Pero reconozca que con lo que ya ha perdido usted todo contacto es con la infancia. Esperemos que sea así, porque la naturaleza quiere que los niños sean niños antes que hombres para no regresar Nunca Jamás.

Un niño no es un adulto reducido por mucho que tenga ideas propias e impulsos sexuales. Decía Rousseau que si pervertimos su orden, produciremos seres precoces que no madurarán ni tendrán sabor y no tardarán en corromperse. Tendremos jóvenes doctores y niños viejos. La infancia tiene maneras que le son propias. No podemos entrar en ellas. Y depositando amorosamente nuestros razonamientos sobre el suyo no hacemos más que crear extravagancias y errores en su cabeza.

Cada uno tenemos un destino biológico escrito del que no se escapa estando triste o alegre, ni con la muerte voluntaria. Ustedes, encerrados en el torniquete de su lógica, no entienden nada, como la oruga no entiende cómo se ha encerrado en un capullo. La responsabilidad de la educación conlleva al arrepentimiento si no tiene éxito, pero el futuro es fluctuante y nadie conoce su mecanismo. Nuestros hijos tampoco alcanzarán la felicidad que mueve a su generación y puede que no hagan nada determinado. Pero sí conseguir vivir en armonía con el prójimo, pensando en que todo puede ser verdad. Y hasta llegar a comprender un día que ninguno está completamente equivocado y que nadie tiene completamente la razón.

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