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alberto soldado

VA DE BO

Alberto Soldado

Dormido sobre blanco lecho

El gran Genovés junto a su hijo Jose, Genovés II.

El gran Genovés junto a su hijo Jose, Genovés II. Germán Caballero

Dormido sobre blanco lecho de pelotari su rostro sereno hablaba de paz. Unos sollazan, otros en silencio, todos transmiten hondo pesar. María Luisa junto a él, como siempre, vela, como tantas noches veladas. «Ya no podrás escribir esas cosas que nos emocionaban…» dice con entereza en un abrazo mojado en lágrimas. Su mano derecha luce el guante de fino cuero que cada tarde calzaba en trinquetes, calles y frontones. Su mano izquierda acaricia la reina que le quiso hacer rey. Otro impulso emotivo inunda nuestros ojos. «Es cosa de Jose…» dice la madre que acarició las manos de aquel fruto de un amor juvenil al que Paco entre tormentas y debilidades fue fiel hasta el último aliento de su existencia. Murió en el hogar, en el lecho donde engendró al hijo que lloraba y quiso ser pelotari aquel mediodía de julio, en Sagunt, cuando todos lloraban y empujaban a la victoria de Paco, rascada en los escalones, en las murallas, con aquellos dedos deformadados como calvario redentor de la pilota valenciana. «La pilota és la reina, és la meua vida però per darrere de la família…», decía a su manera. Un caminar vital entre gentes que le abrazaban porque él siempre se dejó abrazar. Nunca amó el dinero porque los hombres libres desprecian ataduras materiales. Fue libre incluso aquel día que se negaba a aceptar la proposición de jugar en un pueblo de las faldas de Aitana porque la agenda estaba repleta y pidió 300.000 pesetas de los años ochenta «per a llevarme damunt el compromís. I resulta que me digueren, ja estàs contractat i clar la paraula és la paraula…» No hubo pueblo pelotari que dejase de anunciar a Genovés en sus fiestas. Ni calle o trinquete que no mostrara un lleno como nunca antes se había visto. Ganó mucho dinero, casi tanto como Kempes o Arias y más que el resto de la plantilla del Valencia pero tengo para mí que jamás se puso a contar los billetes…

Paco era de otra pasta. Paco era genéticamente agradecido. Por eso nunca abandonó los trinquetes y hasta el último día, cada tarde se dejaba ver en su mundo: «És la meua vida. Jo no sabria viure sense la pilota…» No ha habido deportista que treinta años después de retirado haya mantenido la magia que atrapa el corazón. Año 2005, una profesora de instituto queda sorprendida en Crevillent al oír a un alumno su ilusión de que la excursión de fin de curso sea visitar Genovés «perquè vull conéixer a Paco». Llevaba retirado casi una década pero aquella partida de julio en Sagunt, de sudores, y sufrimientos, de lágrimas y abrazos le cautivó para siempre.

Flores llegadas de instituciones, amigos, clubes, ocupan salas del tanatorio. Hay más de cincuenta coronas llegadas de todas partes. Condolencias que se agolpan en las redes desde cualquier lugar del mundo donde la pelota a mano tiene presencia. En todos era famoso Genovés. A todos sus corazones cautivó su carisma.

Allá en la región misteriosa de la paz eterna está Paco, como quería, «no siga que es puga jugar a pilota i jo no tinga ni guant ni pilotes…» había dicho. Y el buen hijo le anudó el guante y dejó entre sus dedos la más hermosa pilota de vaqueta que ya había reservado para el día del viaje a la gloria eterna.

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