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Ángela Labordeta

Niños sin lágrimas

¿Qué es lo último que ve un niño al que su padre quita la vida? Es una pregunta que me reitero cuando escucho noticias escalofriantes en las que el odio hacia una persona a la que un día amaste o creíste amar permita jugar con la voz de un hijo para mandar mensajes en sí mismos diabólicos y perturbadores, y una vez conseguido el objetivo de hacer que la madre tema lo peor, el padre consuma el asesinato del niño de forma calculada, fría e insensible.

Dicen que solo se puede odiar aquello que un día se amó, pero tras este tipo de asesinatos hay mucho más que odio y no hay nada de amor, solo la certeza de considerar que ella es tuya y solo tuya y que si no está a tu lado, no merece la vida y si así, brutal asesino, decides no quitarle la suya, le arrebatas la de su hijo para que viva amputada de sentimientos antes el inmenso dolor que le provoca no poder responder a esta pregunta: «¿Por qué?».

Esa misma pregunta nos la debiéramos formular una y otra vez, para de tanto preguntárnosla obtener una respuesta que nos ayude a transitar por el mundo de las mujeres con mayor verdad y sin tanto postureo condescendiente, que no es más que la respuesta a un por qué que no se hacen las mujeres. Se lo preguntan los hombres, los que intentan y dicen proteger a las mujeres, pero nunca entenderlas, y en su respuesta solo hay palabras que les exculpan de todo, porque ellos no son unos asesinos, son los otros, a los que no conocen y viven lejos y atormentados.

Hay una realidad que tercamente se impone y es que las mujeres viven con miedo y no es solo el miedo a perder su vida. Son muchos miedos y van desde el miedo al acoso, el miedo a la violencia, el miedo a las palizas, el miedo a la violación, el miedo a la pérdida de su libertad, el miedo a tener miedo por ser mujer, el miedo a determinadas miradas, el miedo a que aquel que un día fue tu compañero se lleve a tu hijo y le quite la vida mientras fantasea con el daño y la venganza por no haberlo querido como él quería ser querido, por no haberle dejado quererte como él quería quererte, porque él, el asesino, se considera el protagonista de la historia y eso lo justifica todo.

¿Qué es lo último que ve un niño al que su padre quita la vida? No lo sé, pero me gustaría que fuera el rostro de su madre, los brazos de su madre, el calor de su madre, la sonrisa de su madre y sus palabras acunando el miedo y meciéndolo en una nana que ella dibujó para él. Ojalá, pero quizá solo sienta sus ojos asustados y sin lágrimas.

No hay revancha cuando la vida te sitúa en ese charco de dolor, no hay respuestas y sí todas las preguntas que se agitan en el aire hasta difuminarse y volver a reaparecer tímidamente cuando una mujer o sus hijos son asesinados por aquel que nunca la entendió ni los amó.

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