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Julio Monreal

Cambiar la ciudad

Una de cada tres especies de árboles, en peligro de extinción

Lo ha dicho hasta Joe Biden a propósito de la rehabilitación/reconstrucción de la ciudad de Nueva Orleans, de nuevo azotada por un temporal: habrá que tener en cuenta el cambio climático a la hora de intervenir. Nadie duda ya de la realidad del cambio climático, que ha incrementado la frecuencia y la intensidad de los fenómenos meteorológicos adversos. Siempre hace calor en verano en esta parte del Mediterráneo, pero se empieza a dar como normal que se superen los 40 grados. Siempre llueve con fuerza en septiembre en la Comunitat Valenciana, pero cada vez lo hace con más frecuencia y mayor violencia. Cada vez hay más daños materiales como consecuencia de estos extremos climáticos y cada vez hacen falta más servicios de emergencia con cargo al erario.

Los episodios de calor sofocante afectan a todos pero son más acusados en las ciudades, donde las emisiones de CO2 y los pavimentos artificiales elevan las temperaturas por encima de los registros de zonas rurales. En cuanto a las aguas, esos mismos pavimentos facilitan la velocidad de los caudales embravecidos, multiplicando con ello los daños por arrastre. En la costa mediterránea, afectada por un déficit hídrico que se agrava a medida que avanza el siglo, la falta de infraestructuras para retener el agua impide que se aproveche ésta cuando llueve en exceso y obliga a convivir con la intrusión marina, los nitratos y otros males.

Contra los episodios de calor sofocante se pueden tomar medidas drásticas, legales, de difícil aplicación y de resultados a medio plazo, como la limitación de emisiones, la progresiva descarbonización que ya se ha iniciado, la prohibición o penalización de determinados productos que tienen consecuencias graves para la atmósfera... pero una de las que dan resultado y son de fácil implantación es la reforestación de las ciudades en los términos que resulte conveniente. Ha llegado el momento de incrementar de forma notable la presencia de especies arbóreas adecuadas, que contribuyan de forma decisiva a combatir las islas de calor, retirando si es necesario las que no jueguen un papel en esa liga. En València el gobierno municipal de Rita Barberá (PP) optó durante sus más de dos décadas de mandato por convertir en naranjo en la especie más numerosa de la capital por una cuestión ornamental y olorosa. ¿Es el naranjo el árbol que mejor puede ayudar a mantener o rebajar la temperatura de la ciudad ahora que se presenta esa necesidad? Ni idea, pero quien reside en una calle con estos árboles en las aceras no tiene esa sensación. 

València tiene una oportunidad para trazar un camino firme. Su candidatura a ciudad verde europea de 2024 ha de tener en cuenta esta nueva circunstancia. La ciudad de Vitoria, única de España que ya ha ostentado ese título, creó siete parques en la periferia de su núcleo urbano dentro de su proyecto verde. Y eso que por ubicación y temperatura no lo necesita. Las plantas le crecen por castigo con una humedad permanente hasta en el verano más seco. La capital del Túria, en cambio, no arranca en cuanto a masas forestales, y la reducción de espacio para el vehículo privado y la ampliación de aceras se ve empañada por miles de alcorques vacíos en los que los matojos se enseñorean dando un aspecto desaseado a muchos puntos de la ciudad. En 1994 se elaboró un llamado Plan Verde que no llegó a ser aprobado por ningún órgano municipal y en abril pasado, una empresa con sede en Alicante se ha adjudicado por 168.795 euros la elaboración de un Plan Verde y de la Biodiversidad de la ciudad, impulsado por el vicealcalde Sergi Campillo. Cabe esperar que el trabajo resulte serio y que se vea acompañado de presupuesto y energía suficiente, acordes con la cacareada sensibilidad del gobierno municipal de Joan Ribó, que se presenta como el más ecologista de la historia.

Porque una cosa es predicar y otra dar trigo. A estas alturas del siglo XXI resulta absolutamente incomprensible que el agua de la macrodepuradora de Pinedo se vaya toda todita al mar después de ser tratada con un elevado coste y que ni una gota de los ingentes caudales que procesa se haya podido utilizar para mejorar la situación hídrica de l’Albufera (siempre protagonista de gradilocuentes discursos); para regar un solo metro cuadrado de cultivo de huerta o para establecer una red de riego de parques y jardines urbanos o metropolitanos. No hay agua y la poca que pasa por delante de nuestras narices se deja escapar entre expedientes, dimes y diretes. Quizás el agua de Pinedo sea necesaria para mantener el sabor de las doradas que se pescan en el espigón de Cullera, como alegaban los detractores del trasvase del Ebro hacia el sur, en defensa del regusto de los langostinos de Vinaròs. 

Seguro que la consellera Mireia Mollà, responsable de la cosa, quiere acabar con este derroche hídrico y por eso ha puesto al frente de la empresa de las depuradoras a su mejor hombre, el que era su jefe de gabinete, Juan Ángel Conca. Aunque no debe confiarse éste. Algo tienen los asuntos de saneamiento porque sus responsables últimamente duran poco en sus cargos. Sensibilidad le sobra. A ver si le acompañan el acierto y los recursos.

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