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Isabel Olmos

PUNTO Y APARTE

Isabel Olmos

Mírame a la cara

La violencia burocrática te engulle como el monstruo de las galletas, te hace perderte en un laberinto de atenciones al cliente y silencios eternos

Imagen en la que quedó el edificio derrumbado de Peñíscola y Bienvenido perdiói a su familia.

La verdad es que no sé como afrontar este artículo, por donde empezar, porque son tantas sus aristas que prefiero hacerlo por lo más sencillo, el hecho en si, y ustedes ya me dicen. Esto que les voy a contar es real y le sucedió a una persona real, Bienvenido Cives, que un día se levantó por la mañana bajo el sol de Peníscola con todo y por la noche no le quedaba nada. Ni fuerzas para dormir ni cama donde hacerlo.

Porque imagínense que ustedes han sufrido una enorme tragedia, una tan grande que, como le pasó a Bienvenido, ha acabado con la vida de su pareja y su hijo en 24 horas y que, además, ha sucedido viniéndose abajo, literal, la casa en la que viven. Usted lo ha perdido todo. Todo. Su hogar emocional y el material. Está, literalmente, desnudo y solo. Por no poder, no puede ni recuperar un mínimo objeto de su vida anterior porque montañas de ladrillos, hierros y tuberías han sepultado toda su memoria anterior a una profundidad que, para usted, es ya un enorme agujero negro del que no sabe ni si podrá salir.

"Usted debe dejarse engullir y acudir, arrastrando su tristeza por los pies, a oficinas y departamentos para dar de baja servicios que ya no necesita"

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Pero como la vida continua y nuestra sociedad es un enorme monstruo de las galletas que ha cambiado el dulce bollo por papeles, trámites, burocracia y atenciones al cliente, usted debe dejarse engullir y acudir, arrastrando su tristeza por los pies, a oficinas y departamentos para dar de baja servicios que, en su anterior vida, con su anterior pareja viva, su hijo vivo y una casa en pie, usted requería. Y volver a explicarlo todo una y otra vez. Y entonces se encuentra usted con la siguiente situación. ‘Miren, tengo que darme de baja del servicio de internet pero no tengo el módem porque lo tengo enterrado en algún lugar bajo mi casa derruida donde han muerto también mi pareja y mi hijo’. ‘Lo sentimos, pero si no nos devuelve el módem le multamos. Tiene que devolvernos el modem sea como sea aunque esté bajo toneladas de escombros y aunque sea lo último que haga. Las normas son las normas’.

La conversación, obviamente, es ficticia pero es un hecho real denunciado por el propio Bienvenido que se enfrentó -en un caso muy extremo- a un muro de violencia contra el cual no hay nadie, absolutamente nadie, que no haya colisionado en algún momento en su vida. Se trata de una violencia que nos es muy conocida, extremadamente familiar, y nos enfada pero no le hacemos mucho caso porque es la violencia a la que estamos sometidos por el hecho en si de vivir en la sociedad en la que vivimos. Hablo de la violencia burocrática.

"Se trata de una violencia que nos es muy conocida, extremadamente familiar, y nos enfada pero no le hacemos mucho caso porque es la violencia a la que estamos acostumbrados: la violencia burocrática"

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Enterrado bajo una montaña de papeles, impresos, certificados, llamadas a teléfonos genéricos, voces de robot, esperas interminables, correos sin respuestas, usted intenta explicar que su casa se ha venido abajo o que requiere cualquier servicio de una manera más o menos urgente y entonces aparece ella, la violencia burocrática. ‘Le paso con un compañero’, ‘permanezca en (una infinita) espera’, ‘no sabemos cuando tendremos su trámite’, ‘necesitamos un certificado de sus tatarabuelos quintos’.... Ya les digo que la violencia burocrática es sutil a veces pero en ocasiones no como, por ejemplo, cuando se les obliga a los abuelos a realizar operaciones complejas bancarias a través de internet o el cajero. Es que ahí, en esos casos, la violencia se desencadena en mi de manera desaforada porque no hay nada que me altere más que el abuso intelectual, tecnológico, de poder, de cualquier tipo hacia personas indefensas o vulnerables. O simplemente tristes.

Todavía recuerdo como, hace poco, en un entierro al que asistí el cura no miró ni una sola vez a la familia de la difunta que, afligida, seguía la ceremonia desde las primeras bancadas de la iglesia. Ni una sola vez en todo su sermón miró a los hijos. Ni una sola vez les miró a los ojos, a la cara, ni alzó la mirada de los papeles que leía fielmente y de carrerilla, sin salirse del guión, desde las alturas del atril. Y pensé que, en cierta forma, esto también era violencia porque era hacerte sentir que no eras nadie, porque por no valer no valías ni que te miraran a la cara cuando estabas despidiendo a tu madre. La paz sea con él -que la necesita con urgencia- y con nosotros, también.

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