Si supieras que su sonrisa era la misma que cuando tenía siete años. Era imposible mantener el enfado porque, tras cualquier discusión, siempre aguardaba un abrazo, un perdón, una explicación cómica que te rompía los esquemas. Y acababas riendo y la pelea se diluía para siempre.

Como cuando, de pequeños, se le escapó un palo de golf y me rompió la ceja o se escondía tras las puertas o debajo de la cama porque le divertía oírme gritar. O aquella vez que se aburrió de mi inexperiencia esquiando y me ‘abandonó’ en lo alto de la pista para que fuera ‘bajando despacito’.

Yo tampoco era un ángel y, abusando de ser la mayor, lo llevé alguna vez al borde de precipicios emocionales solo para divertirme. A los doce años me contó que le gustaba mucho una chica de su clase y le animé para que la llamara por teléfono y le pidiera salir. El ‘no’ de ella tardó menos que su pregunta a bocajarro. Cuando colgó, quería matarme.

Si supieras que era imposible que pasara desapercibido. Alternaba sus polos de marca con camisas hawaianas, y un pantalón de vestir con deportivas y una gorra de los Simpson. Tenía un indomable espíritu emprendedor. Con 20 años se lanzó a buscar patrocinadores para correr en moto y visitó a algunos de los principales empresarios de València. El hijo de uno de ellos me contaba que a su padre se le quedó grabado su desparpajo e ímpetu. No le dio un duro pero lo puso como ejemplo. Después vino el ‘coaching’ (cuando en España nadie sabía lo que era) y la producción de audiolibros (faltaban dos décadas para la eclosión de los podcast).

Si supieras de sus años de dolor y búsqueda de alivio de hospital en hospital. Su empeño en ser el número uno en el motociclismo le pasó factura: un dolor crónico y un diagnóstico de fibromialgia. Alentado por algún médico norteamericano, llegó a la conclusión de que su vida era imposible sin opiáceos. Y entonces llegaron la adicción y sus tinieblas. La pesadilla. Las mentiras, la desconfianza, las noches sin dormir, el distanciamiento social… Le costó mucho superarlo, pero lo consiguió. Pudo salir del pozo cuando confió en los médicos. Antes, lo habían expulsado de varias clínicas por llevar escondidas pastillas ‘por si acaso’. «La adicción es la única guerra que se gana cuando te rindes», afirmaba. Años después, pese al impacto negativo que podía tener a nivel profesional, quiso contar públicamente su historia para ayudar a otros. Y, según los mensajes de algunos de sus ahijados, lo consiguió.

Si supieras que era imposible no quererlo. Trataba a cada persona como si fuera única. Estuvo pendiente de todos durante el confinamiento. «Te llamo para asegurarme de que la gente a la que quiero esté bien», decía. Conservaba a cada uno de los amigos de la infancia, pese a que a veces podía dejarlos en la estacada. No apareció en la boda de Manu, uno de sus más íntimos, pese a haber confirmado reiteradamente que asistiría. Me sentí tan mal por él que llamé para disculparme. «No te preocupes. Es Jorge», me contestó sin resentimiento. Sabían de su corazón enorme.

No conozco a nadie con más carisma. También para las mujeres, aunque era un desastre como pareja. Pese a ello, conservaba una magnífica relación con casi todas sus ‘ex’, a muchas de las cuales reunió el jueves en su despedida.

Si supieras como adoraba a nuestra madre. La hizo sufrir, pero también le dio los momentos más felices de su vida. Mamá siempre ha tenido la casa repleta de las flores y notas cariñosas que él le mandaba. En el espejo de su baño todavía hay un «te quiero» enorme escrito con carmín. El mismo cariño que desplegaba conmigo, sus sobrinas y Rosa, la mujer que nos cuidó desde pequeños.

Si supieras que no perdió nunca el sentido del humor. «Acaba de asomarse la doctora a preguntarme si estoy mejor. Menudos ojazos… ¿Cuál es el protocolo? ¿Sabes si un negacionista puede pedir salir a una médica en primera línea de pandemia?».

La cuenta atrás había empezado. Tras la PCR positiva se empezó a asustar de verdad. «Elena, si me muero cuida de Dallas (su perro) que no se vale por si mismo todavía y mamá lo ceba demasiado».

«No digas tonterías», contesté…

Si hubieras visto los ojos suplicantes con los que me miró por última vez a través del cristal de la UCI…

Si supieras todo esto, Jorge sería algo más para ti que el «negacionista», el «antivacunas» que salía en las noticias en una foto con su perro y que murió el martes pasado tras una lucha descarnada contra la covid en el hospital. Ojalá lo supieras. Ojalá lo hubieras conocido.

[Mi hermano Jorge Lis falleció el pasado 7 de septiembre en el Hospital La Fe de València. Me gustaría destacar y agradecer de todo corazón el trabajo incansable de los profesionales del equipo de la UCI. Nunca tiraron la toalla y nos trataron con cariño y humanidad, en especial los doctores Gimeno y Castellanos.]