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alberto soldado

VA DE BO

Alberto Soldado

Esconder la pobreza

Las puertas del instituto se abren. Salen los quinceañeros sonrientes. Comentan sobre los nuevos profesores que este curso tendrán que soportar. Raro es el profesor que quedará grabado en la memoria del chico o de la chica. Será aquel o aquella que sepa comprender, que explique con paciencia, que transmita amor a su profesión, que cautive con gestos y palabras, que haga que el alumno respete la tarima, ya desaparecida en aras a convertir al profesor en un colega, a considerarlo uno más del rebaño, principio del fin de toda pedagogía.

Son cientos los que salen de ese instituto, decenas de miles en toda España. ¿Qué será de ellos? Se acumulan generaciones que saben que su destino será peor que el de sus padres e incluso que el de sus abuelos, educados por padres de la posguerra, tiempos de sangre, sudores , olores y silencios. Tiempos de un juguete una vez al año. ¿Qué será de estas nuevas generaciones, tumbados juntos en las aceras pero cada uno con su conversación telemática?

Barrio de Lavapiés, en Madrid. ‘Callejeros’. Impactante visión de la pobreza más tercermundista encerrada entre paredes desconchadas y olores repugnantes. Escondida por vergüenza. Supervivencia con trapicheos y delincuencia en las calles; vivir en habitaciones compartidas, retretes junto a la cocina de gas -«sí, huele de vez en cuando», reconoce el propietario que meará junto al aceite que fríe un huevo. La ducha es el grifo de la cocina.

Una chica joven confiesa que sus padres la llaman loca al gastarse 96.000 euros en una habitación de 20 metros cuadrados que será su vivienda… ¿Cómo es posible que haya gente emigrante que prefiera Madrid a Mora de Rubielos o Albarracín?

¿Quién puede comprarse una vivienda en España con sueldos que apenas llegan para pagar la luz el agua o el más barato de los alquileres? Convertimos el recibo de la energía eléctrica o del combustible en un impuesto brutal para sostener un Estado sobredimensionado, donde sólo crece el empleo público improductivo.

Ningún político ha salido con un plan de construcción de viviendas sociales, siendo como es una necesidad incuestionable. Volvemos a la España de los años cincuenta con pisos compartidos por dos familias. ¿Alguien ha pensado que ese plan sería la mejor inversión de esos fondos europeos de los que tanto se habla? Pues nada, a azuzar odios de unos hacia otros, a dividir, que en ello está la supervivencia del cargo. Ningún plan para recuperar la ilusión por un futuro de esperanza.

El 95 % de esos chavales del instituto sólo piensa en una oposición. Se meten con cerca de treinta años sin conocer otra cosa que libros y ordenadores, desprestigiada y semiabandonada la formación laboral. Ansiedades, depresiones, imposibilidad de crear familias estables y escuelas llenas de mochilas cargadas de daños anímicos irreversibles…

Por eso es deprimente pararse a la puerta de un instituto y reflexionar sobre el futuro de todos ellos. Siempre fue difícil encontrar tu puesto en el mundo. Hoy educamos a consolarse con que los otros tampoco lo tienen. Una manera de esconder la pobreza.

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