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Me encanta la palabra «efímero», me encanta utilizarla en el contexto más espiritual. Mientras que la RAE define efímero como algo pasajero y de corta duración, yo me quedo con la idea de que «todo es efímero». Realmente nuestra vida se compone de millones de momentos fugaces… Parafraseando al escritor Georges Perec, diría que sería sublime buscar al mismo tiempo lo eterno y lo efímero. Quizá la clave radique en aprender a relacionar esos momentos; buscar un eje vital que enlace todo lo eventual y encontrar así el rumbo de nuestras vidas. Puesto que todo lo que nos ocurre tiene sentido, puesto que todo lo vivido conlleva un aprendizaje, deberíamos empezar a tomar en serio esos momentos llamados… efímeros.

«La simplicidad es la máxima sofisticación» ( Leonardo Da Vinci)

Adoro la palabra «simplicidad». Reivindico con ella el valor de la sencillez, de lo genuino. Cuando eliminamos lo superfluo, eliminamos también un poco nuestro ego y nos acercamos a nuestra esencia. Escucho comentar con desprecio y cierto descaro la expresión «es una persona muy simple». Quizá debemos valorar más a esas «personas simples»; personas afables, bondadosas, sinceras, naturales… Observo a menudo personas complejas, complicadas, con gran facilidad para cambiar de personalidad dependiendo de la ocasión. Personas, muchas veces dotadas de gran inteligencia, que buscan estrategias para impresionar y para fingir lo que quieren ser y por alguna razón no lo son. Elijo quedarme con la simplicidad; pienso que en la sociedad en la que vivimos lo simple se vuelve elegante, ligero y auténtico. Sin duda, un valor en decadencia que necesitamos urgentemente rescatar.

«Serendipia» es otra de mis palabras favoritas. Se traduce en un descubrimiento inesperado y valioso que se produce de forma casual cuando se busca algo distinto. Ciertamente no dejamos paso a que se produzcan serendipias en nuestra vida. En el mundo occidental buscamos sin cesar y muchas veces escogemos aquella camisa, aquella casa o aquella pareja que en realidad no nos convence del todo. No dejamos nada en manos del azar, no nos permitimos fluir y que cualquier día la magia, en forma de serendipia, toque a nuestra puerta. Oriente se vincula en mayor medida al arte de esperar; esperar sin desesperar. La serendipia está íntimamente relacionada con la confianza, el poder de confiar que a nuestra vida llegará en el momento oportuno todo aquello que necesitemos para seguir evolucionando.

«Aquel que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo» (Fiedrich Nietzsche).

Se utiliza ya coloquialmente y ha llegado para quedarse. La «resiliencia» se define como esa capacidad intrínseca que posee todo ser humano para sobreponerse a una situación perturbadora y seguir adelante. Me fascina la persona resiliente que aprovecha esos «tropiezos» de la vida para crear estrategias que le ayuden a superar problemas futuros. La resiliencia se relaciona con el desapego, con el estar abiertos al cambio. Cuando aceptamos lo que nos ocurre y reflexionamos sobre el para qué sucede tal circunstancia, nos habremos convertido en artistas. Personalmente pienso que la resiliencia es un arte, el arte de vivir considerando que todos los obstáculos contribuyen a fortalecernos y a impulsarnos hacia nuestro verdadero destino.

Me seduce también la palabra «libertad». Una bella palabra que posiblemente haya sido mal usada y mal entendida. Se nos llena la boca cuando hablamos de libertad de expresión, libertad sexual, libertad de religión,.. Pero quizá somos más reacios que nunca para aceptar las opiniones de los otros, quizá somos cada vez menos libres; esclavos de las apariencias y siempre pendientes de los likes de nuestras cuentas. Quizá nos hayamos convertido en presos en jaulas de oro: Instagram, Facebook, Twitter,… resultan ser nuestros peores carceleros. Me parece un acierto vincular la libertad con la responsabilidad. Libertad y responsabilidad para tomar nuestras propias decisiones, libertad para permitirnos ser diferentes, libertad para enfrentarnos a nuestros miedos cuando estemos preparados, libertad para soltar viejas creencias y, sobre todo, libertad para ser realmente nosotros mismos.

«Ojalá que la espera no desgaste mis sueños» (Mario Benedetti).

No podía faltar en este pequeño listado una palabra para mí casi perfecta: «ojalá». Ojalá se relaciona con el futuro, pero también denota un sentimiento de esperanza. Se nos ocurrirán mil deseos donde utilizar la palabra ojalá: «ojalá llegue la paz al mundo», «ojalá no mueran niños de hambre», «ojalá se acabe la pandemia»… Sueños que quizá no esté en nuestra mano que se hagan realidad… Por ello, intento trazar un concepto de «ojalá» algo más cercano, objetivos que quizá podamos lograr a corto o a medio plazo…

Ojalá disfrutemos de todos y cada uno de los instantes efímeros, ojalá nos despojemos de lo innecesario y valoremos la belleza de la simplicidad. Ojalá dejemos de buscar con ese afán de desear siempre lo que no tenemos. Ojalá evitemos que nos manipulen y, sobre todo, ojalá, consigamos empoderarnos con esa fuerza que nace desde lo más profundo de nuestro ser.

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