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Elizabeth López Caballero

El lápiz de la Luna

Elizabeth López

La planta fantasma

Uno nunca sabe nada. Puede creer que sí, llegar incluso a convencerse a sí mismo, pero luego hay una realidad paralela a nosotros que nos golpea inesperadamente.

Les pongo en situación: Bilbao, hotel de cinco plantas. Hacemos el registro en recepción y para nuestra sorpresa la recepcionista nos comunica que la habitación está en la planta siete. La curiosidad siempre ha sido mi talón de Aquiles, el motivo de que cuando era niña me llevase algún capón. Pero, díganme ustedes, cómo evita una sucumbir a ese cosquilleo que asciende desde el cóccix hasta la nuca y desciende por los brazos hasta la yema de los dedos y termina su recorrido en la planta de los pies, poniéndote en movimiento para ir allí, a donde la mayoría de las veces no debes… Vamos, que soy lo que viene a ser una enterada de toda la vida. Pues, presa de la curiosidad dejé a mi marido en el mostrador y salí a la calle, crucé a la acera de enfrente y analicé la arquitectura del edificio. Efectivamente: cinco plantas. «Qué raro», me digo. Vuelvo a entrar y hago un recorrido por el espacio. Inspecciono la escalera: cinco tramos y todo se acaba, así que subimos a la habitación en ascensor, donde descubrimos un brillante botón casi virgen que desentona con el resto, manoseados por cientos de dedos índices que han dejado constancia de haber habitado esos cinco pisos. Colocamos las cosas en el cuarto, pero antes de irnos a conocer la ciudad miro por la ventana, que me devuelve un patio con un diseño que hace casi imposible su existencia. «Qué raro», me vuelvo a decir. Entre pincho y pincho el misterio de la planta número siete sigue bullendo en mi cabeza. Según la numerología el siete es el signo de la sabiduría, de la espiritualidad y de la consciencia; sin embargo, a mí ese enigma me está volviendo loca. A la vuelta, harta de no hallar respuestas a través de mis pesquisas de pésima detective, me armo de valor y le pregunto a la recepcionista. La muchacha sonríe como única respuesta. Entonces lo leo en sus ojos, me alojo en un hotel con una planta que no existe. «¿Y si este viaje no está teniendo lugar?», me pregunto. Quizá tampoco existan los pinchos de morcilla que me metí entre pecho y espalda ni la plaza Moyúa ni la biblioteca foral ni el paseo de Uribitarte. Tal vez tampoco existo yo ni este artículo que usted lee. Estoy casi segura de que si pasa la página y luego vuelve atrás esto ya no estará, porque uno nunca sabe nada. Puede creer que sí, llegar incluso a convencerse a sí mismo, pero luego hay una realidad paralela a nosotros que nos golpea inesperadamente. 

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