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Juan José Millás.

TIERRA DE NADIE

Juanjo Millás

Vuelve el otro

Estaba cortándome los pelos de la nariz, con el rostro muy cerca del espejo, cuando desvié la mirada de las fosas nasales hacia los ojos y me di cuenta de que los ojos del espejo, sin dejar de ser los míos, se habían convertido en los de otro que se sintió turbado al advertir que lo había descubierto. No era la primera vez que me ocurría esto de sorprender al otro que hay en mí, pero la experiencia, en esta ocasión, fue extrema. Salí espantado del cuarto de baño, todavía con las tijeritas en la mano y me senté sobre el borde de la cama para recuperar la paz.

El otro que hay en mí.

Lo conocí en torno a los ocho o diez años, durante una enfermedad, no sé cuál, que cursó con fiebres altas. No iba al colegio y pasaba las horas del día en la cama de mis padres, a cuyos pies había un armario de tres cuerpos con un espejo en el del centro. De vez en cuando me incorporaba para verme en él, pero veía a otro, a otro que se hallaba dentro de mí y que se diluía cuando me bajaba la fiebre. No sé mucho de él, pues cuando aparece se limita a observarme con la misma extrañeza con la que yo lo observo a él. Durante la adolescencia, quise ser él porque me parecía más atormentado que yo, con ese tipo de tormento que lo convierte a uno en poeta. Tenía la mirada de los escritores cuya vida buscaba yo en las enciclopedias. La mirada de Baudelaire, de Dostoievski, de Verlaine.

Quise ser él.

Pero no me salió. Luego, años más tarde, cuando tuve alguna posibilidad de serlo, me dio miedo. Me dio miedo ser él. Ahora, me daría pánico convertirme en él. Pero ahí sigue, y con ganas de salir según el relato de su última aparición. Tal vez, me digo, él quiere ser yo.

-Creo que él quiere ser yo -le digo a mi psicoanalista.

- ¿Por qué querría ser usted? -responde ella.

-Quizá -reflexiono- porque le gustan algunas de las cosas que yo he conseguido y que no valoro lo suficiente.

Al abandonar la consulta, en el metro, de vuelta a casa, lo veo, veo al otro en el reflejo de la ventanilla. No soy yo, pero me reconozco en él. ¿Vuelven la niñez y la adolescencia? ¿Se fueron acaso alguna vez?  

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