Isabel Díaz Ayuso recriminaba esta semana en la Cámara madrileña cualquier crítica a la cesión de terreno público al cantante y compositor Nacho Cano, con el argumento multiuso del inmenso patrimonio que atesoraba el exmiembro del grupo Mecano a los veinticinco años. Más allá de entrar en la incoherencia entre pregunta y respuesta, lo destacable es que Ayuso es transparente en cuanto a sus principios ideológicos, no intenta revestir sus pilares conceptuales para hacerlos digeribles al gran público y ese es parte de su éxito. El valor supremo es el de la propiedad y su protección, la libertad no opera más que como principio subsidiario para no interferir en el primero. Vales por lo que tienes, no por tus capacidades actuales o en potencia, ni siquiera por el trabajo realizado, eres lo que posees sin importar tanto cómo lo hayas conseguido. No entro en las capacidades musicales del señor Cano, que los gustos son siempre respetables, sino en la equiparación de quien consigue su patrimonio por herencia, ingenio, golpe de suerte sin entrar en procesos delictivos. Es el discurso neoliberal de siempre, pero con la crudeza y reduccionismo de Díaz Ayuso, en el que ser y tener se convierten en sinónimos, y si nos dejamos de hipocresía social el que a muchos todavía impresiona. Es el poder de los propietarios ante el que se genuflexan ciudadanos, organizaciones civiles y gobiernos.

Dejémonos de discursos de la meritocracia y el esfuerzo propio de los que han tenido la desgracia de no haber nacido bajo el manto supremo de la propiedad. Si no has conseguido atesorar a lo largo de tu vida, algo habrás hecho mal porque otros han podido. Si no puedes estudiar en las escuelas de negocios, cursar másteres internacionales es porque no has puesto el suficiente interés, están abiertas libremente para todo el mundo. Si no encuentras vivienda eres un torpe porque otros sí la están encontrado por ti. No estés cansado, no te pongas enfermo, porque todo es responsabilidad tuya, cuídate más.

En plena revolución de la innovación tecnológica y cuando más importantes deberían ser las capacidades individuales y de país, se siguen escuchando discursos rentistas más propios del siglo XIX, y que además han ido calando poco a poco en el debate público, con votantes entusiasmados de rebajas fiscales que a ellos no les afectan o defensores de la supresión del impuesto de patrimonio, cuando afecta a poco más de 200.000 contribuyentes en España. El común de la ciudadanía preocupada por el devenir económico de las élites, han conseguido darle la vuelta al mundo con poco más que el esfuerzo del martilleo en las consignas.