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Manuel Alcaraz

La plaza y el palacio

Manuel Alcaraz

Y ahora, un volcán

A mediados de la década de 1980, Ulrich Beck, uno de los más penetrantes pensadores de la segunda mitad del siglo XX, publicó “La sociedad del riesgo”, introduciendo en la conciencia occidental la necesidad de enfocar los análisis a un mundo post, que se alejaba de las certidumbres conocidas -y aún no había llegado 1989 con el fin de la Guerra Fría-. Un mundo, por así decir, que se tenía que enfrentar a su propia soledad y sus desventuras. Un mundo en riesgo permanente, sometido a los vaivenes de sus propias crisis. En ese marco, las catástrofes, como realidad redundante, adquirían una nueva coloración, un nuevo sentido -o sinsentido-. No es que antes no hubiera epidemias, terremotos, hambrunas o inundaciones. Las había, y sobre una humanidad más desguarnecida que la actual. Lo que sucede es que los riesgos actuales se escapan de un marco de referencia que había estado marcado por la promesa del dominio de la naturaleza. Y esa promesa no solo no se había cumplido, sino que tal señorío, devenido en abuso, se estaba constituyendo en la raíz misma de los riesgos. Dicho de otra manera: las catástrofes no siempre eran realidades sobrevenidas, sino respuestas del medio a la acción humana.

En buena medida este análisis es el resultado de aquella parte del pensamiento ecologista, crecientemente politizado, que se inscribía en la crítica al modo dominante de concebir el progreso como una cosa tangible, segura. Curiosamente el debate sobre el gran terremoto de Lisboa, en el siglo XVIII, marcó algunos aspectos claves del pensamiento ilustrado: el progreso de las Luces nació como un progreso avisado. Y quizá convendría revisar algunas presunciones sobre ese pensamiento.

Pero el libro que comento tiene como subtítulo “Hacia una nueva modernidad”; es decir, Beck, y sus epígonos, no apostaron por un regreso a las condiciones de algún estado de naturaleza, sino que formulan penetrantemente las preguntas sobre cómo la sociedad real, avanzada, compleja, puede enfrentarse al riesgo sin traición de lo mejor de su pensamiento. Comenta Beck que “la sociedad industrial se despide del escenario de la historia mundial por la escalera trasera de los efectos secundarios”, y concluye que una modernidad asociada estrechamente a la sociedad industrial se vuelve inviable. Lo que no es fácil de digerir porque choca con una parte del sentido común, de las tradiciones más arraigadas que, incluso, creo que ponen en entredicho la incredulidad moderna. Se produce así una preocupante disociación entre la racionalidad científica y la racionalidad social. Las conclusiones que saca Beck son muy variadas, pero quizá sea particularmente interesante la idea de que el riesgo no iguala. Observación oportuna: muchas veces aún vivimos en un entorno ideológico anclado en las danzas de la muerte medievales, en la que bailan juntos el mendigo y el rey. Los riesgos, globalmente considerados, afectan de manera desigual a los desiguales. El Estado social, así, debería devenir, ante todo, en un igualador frente a los riesgos, contemplando no sólo las contingencias individuales o familiares, sino las colectivas ligadas a eventos ruinosos.

Cuando Beck escribió estas cosas no se conocían las consecuencias del calentamiento global y el cambio climático. A partir de ahí vivimos en una etapa de confirmación, de pesimismo desmovilizador, de impotencia ante el egoísmo suicida de los poderosos, de la incapacidad para convertir en motor político la angustia. Seguramente convergen un elemento constitutivo de los mecanismos de adaptación humana -el largo plazo no moviliza a la tribu- y de las formas de hacer política -los efectos que no se ven en lo cotidiano no afectan al voto y lo urgente siempre desplaza a lo necesario-. Por eso, día a día se acumulan estudios, decisiones y advertencias -la última sobre la calidad del aire en grandes ciudades-. Y no es cierto que no haya avances, pero son demasiado tímidos, demasiado sometidos a la lógica del capital como para que su eficacia se aprecie y acelere el proceso: el ruido del consumismo arrasa todas las voces.

Por supuesto no todo es imputable al cambio climático: ni la pandemia de covid ni el volcán de La Palma. Otros sí deben ser así contemplados, como el incremento de incendios forestales graves o de lluvias torrenciales. Pero podemos concebir estas desdichas como ensayos generales de la movilización pendiente contra el cambio climático y, sobre todo, de que es preciso que en los sistemas políticos se adopten medidas generales de prevención y reacción, con la intervención del mejor conocimiento experto disponible, ante el incremento de riesgos y la sucesión de catástrofes. Toda unidad política de cierta entidad debería convocar una suerte de Convención de Riesgos en la que participen científicos, entidades sociales, personal de sanidad, cuidados y emergencias, etc. Con una finalidad pedagógica: hacer ver a la ciudadanía que la responsabilidad es compartida y, a la vez, instarle a que comprenda las renuncias que habrá que hacer para mantener la convivencia y aun la vida. Y otra finalidad estrictamente planificadora, estableciendo mapas de interacciones, prioridades, etc. Todo ello, para que la idea del progreso, al menos, pueda ser sustituida por la de un pensamiento estratégico, democráticamente establecido, solidariamente distribuido, razonablemente difundido. Eso significa trabajar en el largo plazo evitando acciones gravemente perturbadoras. Pero significa trabajar en el corto plazo, en la planificación y territorial y urbana y en la toma de decisiones sobre asuntos que hasta ahora se han considerado menores. Aprendiendo a que no toda renuncia es una derrota.

Siempre ha habido epidemias, inundaciones, volcanes, pero ni sus efectos eran igualmente graves por las alteraciones del entorno geográfico ni por las realidades demográficas que manejamos, ni el marco de referencia de resolución de las crisis es el mismo. Intentar ahora solucionar los problemas puede dar lugar a enfrentamientos sociales y políticos potencialmente muy preocupantes, con la escisión entre opinión pública y órganos representativos o la exclusión de las futuras generaciones de las estructuras de igualdad y solidaridad. Beck advertía de un postrer riesgo: la generación de una “comunidad del miedo”: combatir eso es la primera obligación de cada estructura política y social; callar o mentir no nos alejará de esa comunidad, sino que acabará por incrementar la sensación de terror: sólo el conocimiento y la crítica nos permitirán dar algunos pasos a la sombra de un volcán, porque siempre habrá un volcán a partir de ahora.

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