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alberto soldado

Alianzas sentimentales

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden Michael Brochstein/ZUMA Press Wi / DPA

Ha salido Borrell acusando al presidente de USA de «falta de transparencia y deslealtad» por la alianza militar tejida con Reino Unido y Australia, que ha supuesto la ruptura de un contrato con Francia de construcción de submarinos de más de 30.000 millones de euros. Las palabras de Borrell entrarán por el oído izquierdo de Biden, si es que tiene capacidad de recepción, y saldrán por el oído derecho. USA pertenece a una alianza sentimental inquebrantable con sus «madre patria» británica y con sus hermanos del continente oceánico. Una alianza que se hereda en los genes y que traspasa desde Trump a Biden, para sorpresa de los sesudos analistas que sólo saben distinguir entre progresismos y reacción. Las madres, por lo natural, quieren por igual a sus hijos, salgan de derechas o de izquierdas. El emancipado hijo americano de los comerciantes británicos protegerá siempre a sus ancestros familiares y verá a Europa como casi siempre la vieron los británicos: con aires supremacistas. El Brexit es la demostración de su falta de un compromiso firme con los sentimientos europeístas de Erasmus o del mismo Tomás Moro. Toda victoria militar británica sobre el viejo imperio español sigue siendo exaltada, en libros, calles y plazas. Mientras, los jóvenes españoles pagan clases particulares de inglés y el castellano se llena de anglicismos. Europa también dejó morir parte de su ser cuando abandonó el francés, heredero de Roma.

Seamos claros: Europa occidental fue liberada pero ocupada por USA en la segunda guerra mundial porque el mercado era demasiado apetitoso para dejar el continente entero en manos del Ejército Rojo que fue quien destrozó al ejército alemán en las estepas rusas de Stalingrado y que avanzaba imparable hacia el oeste. USA, tras la caída definitiva de Hitler, puso sus bases militares, y protegió a quien le garantizaba fidelidad, por encima de democracias liberales o dictaduras franquistas. Lo hizo con republicanos o demócratas. Ahora en la Europa dormida y dividida saltan las alarmas: el amigo protector nos retira la mano. Prefiere abrazarse con la familia de sangre y lengua.

Y aquí emerge el recuerdo del presidente venezolano Cárdenas cuando contestó a Tatcher a la pregunta de por qué apoyaba en la guerra anglo-argentina de las Malvinas a una dictadura frente a la democracia británica: «porque por encima de la política está la sangre» dijo quien supo manifestar el valor de los sentimientos. Por eso USA apoyó a Reino Unido y puso sus satélites espaciales al servicio del ejército británico.

Europa tiene un problema de identidad. Y se enfrenta a un problema cíclico añadido: la difícil convivencia entre civilizaciones. No somos una isla, ni hay océanos protectores como América o Australia. Haría bien Europa en potenciar su unidad política y militar y mirar a Rusia, la Rusia europea, con ojos de confianza y no como un enemigo. Y apoyar y reforzar la Comunidad Iberoamericana como contrapeso al poder chino y al anglosajón. Una Comunidad en la que España tiene su papel, si quisiera ser ejemplo de respeto a las diversidades desde el convencimiento de que hay internamente más cosas que nos unen que nos separan. Nos jugamos demasiado. Mucho más que unidades territoriales, muchas veces artificiales.

Ahí está el ejemplo de la alianza sentimental anglosajona por encima de fronteras. Inquebrantable en su unidad y en su deseo de debilitar cualquier competencia. Lo llevan haciendo siglos.

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