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Juan José Millás.

Feliz retiro

Angela Merkel, más que una política, es una costumbre. Se la votaba una y otra vez por aquello de la «resistencia al cambio» que explicaba Freud en un célebre artículo. Decía el padre del psicoanálisis que cuando llegaron los modernos métodos de trabajar la tierra, la mayoría de los campesinos continuó aferrada al viejo y pesado arado romano. Merkel fue cruel con el sur de Europa cuando lo de 2008, pero ya no se lo teníamos en cuenta porque pesaba más el hecho de que no cambiara de vestuario ni de cara. Si un día no la veíamos en el periódico, al cerrarlo nos sentíamos inquietos sin saber por qué hasta que una voz interior decía: «Es que no has visto a Merkel». En la esquina de mi calle había un semáforo absurdo que todos respetábamos porque en mi barrio somos gente absurda. Un miércoles, el ayuntamiento lo retiró y anduve tres o cuatro días aturdido hasta que averigüé que la ausencia de aquel mueble urbano trastornaba el ritmo de mis paseos matinales. Cuando caí en la cuenta de su falta, llamé al ayuntamiento para denunciarla.

-Era un semáforo absurdo -me dijeron.

-La vida está llena de cosas absurdas que funcionan -dije yo-. Los rituales, por ejemplo, nos proporcionan seguridad.

El funcionario colgó, claro. No sé si Merkel era absurda, supongo que un poco, como todos, pero, aunque lo hubiera sido de forma exagerada, se manifestaba como un elemento estable en un mundo en el que no cesan los movimientos sísmicos. Adoramos la estabilidad, por eso fue noticia que a la canciller, en su día, le temblara una mano que tenía que sujetarse con la otra. También nos preocupamos cuando le empezó a temblar todo el cuerpo y se tenía que sentar en los actos en los que el protocolo exigía permanecer de pie. Las convulsiones de Merkel no eran las de una persona, sino las de la mismísima naturaleza. Las interpretábamos como movimientos telúricos. Quiere decirse que, cuando temblaba Merkel, temblaba Europa. Esta mujer era el sismógrafo que reflejaba aquellos movimientos de las placas tectónicas de la economía. Tal vez se olió, antes que nadie, la crisis de la covid. Yo, que no la votaría, preferiría que siguiera, no por cuestiones ideológicas, sino consuetudinarias. Feliz retiro, Angela.

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