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Juan José Millás.

Terror retroactivo

Conocí a un humorista que trabajaba en un garito y que antes de empezar su actuación preguntaba a los asistentes si preferían escuchar chistes buenos o malos. Los espectadores solían elegir los malos porque eso les permitía sentirse intelectualmente superiores: superiores al chiste, desde luego, pero también al humorista. De otro lado, resulta que los chistes malos son con frecuencia los mejores, no porque se haya buscado su excelencia, sino porque salen así sin que intervenga la voluntad de nadie. Creemos que el mundo es una secuela del esfuerzo, pero es el cociente de una operación matemática invisible. Todos conocemos a alguien que comienza un chiste advirtiendo de su maldad:

-Os voy a contar un chiste malo.

En esa frase ya se ha ganado la benevolencia de los reunidos. Bastará con que arranque una sonrisa para considerar que ha triunfado, al menos con relación a las expectativas. Los políticos, en cambio, se pasan la vida anunciando novedades interesantísimas que nacen caducadas, de ahí el desprestigio de su profesión, de ahí y de la existencia de personajes como Antonio Miguel Carmona, que en los debates de la tele, por cierto, pretendía resultar gracioso, aunque el contraste entre la ética que pregonaba con su tono académico y su entrada en Iberdrola induce más al miedo que a la risa. Si existiera ese género, el de los chistes de terror, el expolítico sería uno de sus máximos representantes, un representante, en este caso, hecho a sí mismo. En otras palabras, lo de Antonio Miguel Carmona, o Miguel Antonio Carmona, ahora no caigo, no ha sido producto del azar, sino de una planificación minuciosamente llevada a cabo al margen de la moralidad de la que hacía gala.

Estamos ante un caradura.

Pero ha triunfado, que es de lo que se trata. El triunfo económico es hoy la medida de todas las cosas, no importa que el precio sea el de la luz. Ya es vicepresidente de nuestros recibos. Lo votamos para que nos entretuviera con sus gracias, pero es él quien se ríe ahora con ellas.

Esa risa, de la que tanto abusaba ya en sus intervenciones, es la que nos produce un pánico extrañamente retroactivo.

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