El 9 de octubre de 1338, cumpliéndose el primer centenario de la conquista de Valencia por el rey Jaime I, el Consell de la ciudad de Valencia acordó realizar una procesión para pedir a San Dionisio que remitiera la hambruna que en aquellos años asolaba el Reino de Valencia por las malas cosechas.

Casi 700 años después, afortunadamente el hambre no es un problema grave en España. Pero hemos padecido una pandemia mundial que bien hubiera valido una procesión multitudinaria y muchos ruegos al santo, de vivir en aquellos tiempos.

Desde entonces y salvo en contadas ocasiones, la procesión se ha venido celebrando con o sin carácter festivo, con mayor o menor suntuosidad y con un número variable de actos conmemorativos a su alrededor, todos los 9 de octubre.

Y aunque el sentido último de esta fiesta para todos los valencianos es la conmemoración de la unidad de nuestro pueblo, a lo largo de estos 683 años los actos, además de servir de celebración, de fiesta y de homenaje, han contenido reivindicaciones políticas de todo tipo, especialmente las referidas al autogobierno valenciano. Incluso el siglo pasado llegó a tener, en alguna ocasión, un marcado carácter nacionalista o también republicano.

Eso está bien. Aprovechar el día conmemorativo para manifestarse y dar visibilidad a una situación que se considera injusta y lanzar un mensaje reivindicando lo que libremente se cree adecuado o beneficioso para los ciudadanos.

Por ello este año, quizá con más razón después de los últimos desprecios por parte del Gobierno central y de tantas promesas incumplidas, debemos denunciar aún con más fuerza la injusta financiación de la Comunidad Valenciana y reivindicar la necesidad de que se le dé solución de forma inmediata. Ya no valen más excusas. Los castellonenses, alicantinos y valencianos no queremos más, pero tampoco menos, que el resto de los españoles.

En la vertiente del homenaje, que indudablemente también acompaña a este día, este año debería ir dirigido a todos los que nos han dejado debido al virus. Porque no solo murieron valencianos en los momentos más difíciles de 2020. Los primeros meses de 2021 fueron realmente duros y fatídicos para miles de familias que perdieron a un ser querido. Nuestro recuerdo, en primer lugar, debe ser para ellos y para sus familiares y sus allegados.

Pero también, como no, de nuevo este año debemos seguir destacando y agradeciendo la labor de los profesionales sanitarios que, incansables y en condiciones laborales muchas veces insoportables, han estado en primera línea haciendo un gran trabajo. Y como ellos, también debemos honrar a los científicos gracias a cuyo tesón y dedicación conseguimos ganar la batalla y la guerra a los virus. Y, por supuesto, a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.

No nos olvidemos de los docentes, siempre motivados por su pasión, la educación, incluso en las condiciones más incómodas. Y de los niños y los estudiantes. Ejemplo de madurez y de aceptación sin estridencias. Y los adolescentes. Los jóvenes. Los universitarios. En su inmensa mayoría responsables y sensatos a pesar de haber pasado un año y medio muy diferente al que imaginaban a principios de 2020.

Y qué decir de los trabajadores, autónomos y pymes, principalmente de los sectores del ocio y la hostelería, y de las familias que hay detrás de cada uno de ellos, que han padecido meses y meses de incertidumbre, de impotencia e incluso de desesperación, debido a los cierres y restricciones.

En definitiva, el homenaje de este 9 d’octubre debería ser, nuevamente, para la sociedad valenciana. Para todos esos hombres y mujeres, mayores, jóvenes y niños, que han demostrado ser valientes, solidarios, generosos y responsables.

El problema de la financiación pasará, esperemos que pronto, si es que por fin los gobiernos de uno y otro lado deciden sentarse y hablar, ceder y llegar a acuerdos, cosa a la que no están acostumbrados. Siempre enfrascados en la política de bandos y de rojos y azules, ahora con sus correspondientes extremos.

Vendrán otros problemas, y con ellos otras reivindicaciones, políticas o de otro tipo. Otros homenajes y distinciones.

Pero hay algo que no cambiará: cada 9 d’octubre, esta tierra hospitalaria y alegre en la que vivimos, con su luz, su mar, su interior, sus tradiciones y, por encima de todo sus gentes, permanecerá. Y eso es lo que la convierte en uno de los mejores lugares del mundo para vivir.