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Alfons Garcia

A vuelapluma

Alfons Garcia

Buscar la alegría

Puig y Oltra se saludan ante la mirada de Illueca tras el discurso del jefe del Consell. m.a.montesinos alfons garcia. valència

Esta semana me propuse buscar la alegría. Oye, los artículos son muy oscuros, me dijeron. Negros, contesté. No es voluntario. Salen así. Ante la advertencia, me esfuerzo en observar rincones de alegría. Pequeños huecos en la escala de los mapas. La encuentro en una comida entre amigos. La mayoría de los que estamos sentados somos los primeros en nuestras familias que pasamos por la universidad. Casi todos somos hijos de inmigrantes que llegaron de lugares dispares en busca de ese progreso que hoy parece no existir, que acabaron encontrando un trabajo digno y esforzado (o varios) con el que pudieron permitirse que sus hijos no aportaran ingresos a la unidad familiar a partir de los 14 o 15 años, que es lo que pasaba en la generación anterior. Encontraron además un sistema que dotó de becas a esos hijos para hacer más llevadera la vida en aquellos suburbios y ciudades dormitorio donde empezaron a soñar con un hogar. Justo a unos metros y un descampado de una frontera no dibujada donde imperaban otras leyes. Era en aquellos años ochenta en que se construía un sistema que hoy parece que hay que derrocar. Entre la ruptura y la reforma, lo segundo es casi siempre más pragmático, factible y elegante. La reforma requiere consenso, y, por tanto, diálogo. Para romper basta con ardor guerrero. O solo con ardor. Aquellos eran inmigrantes como los de ahora, solo que eran recibidos sin la hostilidad de estos tiempos.

Buscar la alegría parece una misión más sencilla de lo que resulta. La intento encontrar entre las noticias y cuesta. No sé qué pensar del proyecto europeo, en horas difíciles frente a países que amagan con abandonar. Lo hizo Reino Unido. Ahora Polonia. Sus instituciones tienen poco que ver con los ideales europeos, la filosofía de sus pronunciamientos es un ataque frecuente a las razones de la Ilustración, pero los gobiernos no son el pueblo, son solo la representación de una mayoría en un momento concreto de la historia. Tomar decisiones que pueden afectar a generaciones venideras debería costar algo más. Deberían pensarse algo más. No me gustan los gobiernos polaco o húngaro de estos tiempos, pero estoy convencido de que una Unión Europea sin ellos no será más fuerte ni más alegre. Como no lo es sin Reino Unido.

Algo no debe ir del todo bien cuando buscas la alegría y la encuentras más fácil en el pasado. Veo a Pau Gasol emocionado en su adiós y recuerdo aquel Mundial grandioso de Japón. Me recuerdo en aquellos días. Levantándome de madrugada en un país lejano, observado con cierta rareza por los vecinos de habitación: qué debían pensar de aquel tipo que se ponía el despertador para ver partidos de baloncesto de un país pequeño que se jugaban en otro continente y que de vez en cuando profería gritos (de alegría) en la noche. Con el tiempo se hace cada vez más difícil desligar alegría y nostalgia.

Me queda claro esta semana que pocas veces hay alegría sin voluntad. Con ambición se pueden encontrar briznas de felicidad en los peores momentos. ¿Qué puede decir uno rodeado de comodidades en este viejo Occidente, con trabajo estable y una casa decente, mientras ve las tragedias humanas en el mar o la vida rota en otros rincones? Quizá es fatiga de satisfacciones que nubla la vista. Es una alegría comprobar que el Nobel se acuerda de dos periodistas casi desconocidos, dos voces solas en desiertos lejanos, antes que de políticos ilustres y rostros tantas veces retratados.

Llevo días sumergido en la encuesta que ofrece el periódico estos días y pienso en la agonía que puede haber detrás de unos simples números cuando algunos políticos llaman intentando sonsacar algo. Las encuestas quitan horas de sueño, dan pocas alegrías, pero siempre dejan resquicios para el consuelo. Incluso Ciudadanos, que es quien sale peor parado, puede encontrarlo: no puede tener peores perspectivas, así que no existe mejor oportunidad para intentar la reconstrucción sin miedo. Lo tiene difícil en medio del baile de sables que ha empezado entre los dirigentes que aguantan, pero debería pensar que la mitad de sus votantes todavía no han acabado de irse porque, eso dicen, no han encontrado nada mejor (al menos de momento). La encuesta deja la alegría a la izquierda de que los desencuentros internos y los escándalos que les han colgado en los últimos tiempos no penalizan. Las valoraciones de Ximo Puig y Mónica Oltra salen reforzadas. Quizá es cuestión de tiempo. Quizá es por el contexto de pandemia, que subraya con más claridad lo que de verdad importa. Quizá es una bofetada de realidad: políticos y periodistas nos sumergimos en unas preocupaciones que no alcanzan a salir de un mundo pequeño y privado. Las encuestas suelen ser de vez en cuando también alimento para la euforia. Contra esta tentación solo hay que ver que los resultados de esta tampoco se alejan de una tónica en España: la mayoría de gobiernos autonómicos están saliendo reforzados de la pandemia. Véase Andalucía, Galicia y Euskadi y los últimos sondeos allí. Los ciudadanos han sentido la protección de los que tenían cerca y han responsabilizado de descoordinaciones y errores a los gobernantes que tenían más poder y estaban más lejos de ellos. Y si a alguien se le ocurre la idea genial de un adelanto electoral debería atender también a que la gente parece que está ahora en otras cuitas. ¿Es tiempo de añadir una más?

Buscar la alegría ha sido tarea más complicada de lo que parecía. Le doy vueltas mientras estoy con el perro en la plaza. Estira y olisquea. Él. De pronto levanta la cabeza y se queda mirando un punto fijo de color a unos metros. Es un petirrojo, pequeño, delicado y perfecto. Se ha posado en un arbusto casi a ras de suelo. Nos observa con atención. ¿Pensará algo? Sin preaviso alza el vuelo y continúa con su vida (alegre) en el aire. Quizá la alegría era esto. Quizá la alegría es una tarde limpia sin el martilleo de las redes sociales. Quizá es poner la radio y encontrar aquella canción de Roxy Music. Quizá se trata de saber mirar lo sencillo.

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