Hipocritilla, por no decir abominablemente cínico, está resultando el discursatorio ecologérrimo, la denuncia pertinaz de los crímenes medioambientales, la tabarra verdianimalista, el fundamentalismo naturalista, el espiritismo paisajista, el propagandón ruralista y el prurito de arrastrarnos al más incoherente panteísmo que imaginarse pueda. Hipocritilla y tengamos la fiesta en paz, porque ofende, y bastante, que nos tomen por tontos; que nos cubran de absurdos y de patrañas; que nos consideren, a bulto y sin distingos, progrespectadores de TVE. Nos dan el gato del mal subalterno por la liebre —que salta desbocada en la pradera gomorra— de las verdaderas calamidades antropológicas. Pero el frenesí animalista no casa con los baladros abortistas. Y la manía descarbonizadora produce siniestros chirridos cuando la tiene un detractor de la familia. La sociedad apirujada y pizpiretórrida retrata sus ignominiosas carencias en sus falaces reivindicaciones y sus bellaquísimas dobleces. Hay un interés, una voluntad, una obstinación, tan luciferina como siempre pero más extendida que nunca, de que nos aterrorice la mutación climática y nos deje indiferentes la degradación humana; de que no nos llamen la atención —o no quede bien que nos la llamen— los desequilibrios, los crujidos, los cataclismos y los hundimientos de la moralidad, pero nos escandalice hasta las entretelas la menor asimetría de la biosfera. Una cáfila de politicorrectos, marimantas del averno y cachicanes de pateta que andan repartidos entre los hontanares —no siempre potables— de la opinión pública, ensordecen al orbe con sus zurridos florifaunoides y marean la perdiz espiritados por el odio. La enorme desproporción entre «naturalisismo» —fingida hiperestesia de lo ecológico— y humanitarismo, entre materia y trascendencia, que prolifera entre las multitudes y las conduce al desgalgadero espiritual, nos da el índice nuestro extravío. Hemos vuelto al becerro de oro —esa extrema pobreza interior—; a la bajeza o bajura de la existencia sin calado; a la solercia diabólica y disolvente; a la mónita y al marrajeo; al pensamiento escuchimizado. Al mito de la caverna. El cupulotruenismo nos quiere carcasas, hollejos, gorgonas, nibelungos, diablotes. Y es tan sencillo ser gregario; exige tan poco esfuerzo rendir el carácter —brindarlo, como sacrificio propiciatorio, a la intransigente mundanidad—; es tan reconfortante seguir la corriente que nos valen las tinieblas, nos bastan los vislumbres y nos conformamos con la denigrante animalización. Y abrazamos árboles. Y escarbamos muladares buscando el zen, el nirvana, el summum, la conexión suprema con una serenidad espiritual que, sin embargo, sigue faltándonos. Y nos apuntamos al yoga/yogui/faquirismo por ver si haciendo el pino a campanillazo limpio se nos va el desasosiego. Y comemos como limas. Y viajamos como si huyéramos. Y nos engañamos como si pudiéramos. Escondemos la cabeza en el rebaño, no pensamos en el cielo y el infierno; evitamos, aplazamos la opción del camino estrecho. Buena parte del esoterismo ecologista obedece a lo mucho que nos cuesta emprender ese camino. De ahí la incoherencia filosófica, la indigencia especulativa, la memez antropológica, el insulto de clamar por los peces —por los cuartos del turismo que se van con el agua sucia— y callar ante las ejecuciones infantiles. Ese reduccionismo capcioso de salvar la naturaleza omitiendo la dimensión cardinal de la especie más importante. Hipocritilla y tontorrón está el discurso. Falaz, mendaz y hasta contradictorio. En el callejón más lúgubre de cuantos contiene la rebelión de las masas, en el barrio más sórdido —si es que hay alguno que no lo sea— de la conjura del necio, en la contrahechura más llamativa del sueño de la razón se supedita la realidad a la ideología. Tanto sobresalto, tanto aspaviento por unas cosas y tan poco por otras.