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Alfons Garcia

a vuelapluma

Alfons Garcia

Valerse por sí mismo

Ashton Kutcher y Demi Moore posan ante la prensa. Fueron las grandes estrellas invitadas a la fiesta privada de Prada en el Mercat Central de València. VICTOR FRAILE

Hacerse viejo es una putada. Te haces descreído y borde. Eso me dice un amigo periodista de mirada sentenciosa. El motivo es el último libro sobre la gran fiesta valenciana de la corrupción. 'La ciudad de la euforia'. Me gusta cómo Rodrigo Terrasa enmarca sociológicamente aquel largo y cálido verano de las victorias abrumadoras del PP, atadas a un sentimiento de abandono colectivo después de las Olimpiadas del 92, la Expo del mismo año y los retrasos reiterados de la A-3 y el AVE. Ese sentimiento de arrinconamiento y agravio, unido a un ciclo de bonanza económica, darán el cóctel de la hegemonía de gobiernos del PP, solo finiquitada veinte años después por una sucesión inagotable de escándalos de corrupción y una crisis financiera de las que hacen época. Tengo dudas de que solo uno de esos dos elementos hubiera propiciado el cambio político de 2015. Muchas dudas. Me gusta el estilo desenfadado y directo con el que el periodista de El Mundo se adentra en la basura moral que contaminó aquella política.

Me gusta tanto como me produce desazón el olvido de la vida antes de Gürtel, la sensación de que ese magma de saqueo se fraguó bajo una connivencia general de una sociedad, que prefería no mirar más allá y disfrutar (o ver cómo la ciudad, su ciudad, parecía que disfrutaba) en fiestas y banquetes de lujo, incluidos periodistas.

Escuece cuando uno tiene el recuerdo de haberse partido la cara, con otros cuantos (bastantes), en unas cuantas batallas más o menos importantes. Escuece observar que quizá no ha quedado nada. Escuece el imaginario colectivo de periodistas en fiestas de Prada cuando uno (unos cuantos) no pisó ni una ni media, sino que por entonces aguantaba las respuestas airadas de Rafael Blasco sobre un sospechoso plan de residencias de mayores que beneficiaba a los constructores de siempre, los que luego serían protagonistas estelares de vídeos en pijama y saldrían en un puñado de sumarios. Escuece cuando otros compañeros estaban levantando papeles y cuentas sobre Julio Iglesias que son noticia veinte años después o buscando fotos indecentes de consellers y empresarios en cacerías infames. Escuece cuando uno tenía que soportar los gritos en público de Consuelo Ciscar por preguntar por un artista llamado Rablaci y las ventajas, entonces solo denunciadas en papel, de que parecía disfrutar gracias al cargo de su madre en el IVAM. Escuece recordar qué negocios hacían otros entonces. Escuece el silencio sobre las represalias (ilegales) de alguno de aquellos gobiernos a un diario, este.

A mí me continúan quedando dos preguntas sobre aquel tiempo: por qué los grandes medios estatales decidieron en un determinado momento, al final de la primera década del siglo XXI, poner su atención en este rincón que hasta entonces parecía tierra remota, y cómo quedará retratado en la Historia aquel largo periodo de sol y corrupción. ¿El trazo grueso de la Historia dictará que todos fuimos cómplices? ¿Quiénes serán los héroes de esta película?

Al final, queda claro que para ser buenos valencianos necesitamos que nos reconozcan otros. No valemos si no nos valoran desde una distancia de al menos 350 kilómetros. Tenemos una identidad subsidiaria. Lo llevamos en el primer verso de un himno que identifica no a todos pero sí a muchos. Todo eso subyace también en el papel de nuestros políticos en este momento. Parece que su discurso sea importante no cuando lo predicaban aquí, sino ahora que es acogido con atención en Madrid y Barcelona. Se puede apreciar con el vuelo que ha tomado todo esto de la financiación autonómica y la descentralización de España, y con el protagonismo mediático de Ximo Puig. Habría que desconcentrar sentimientos, más que sedes e instituciones, que tampoco está mal, pero solo con eso no vale. Se puede apreciar ahora que Mónica Oltra aparece como actriz importante del proyecto de Yolanda Díaz. Se puede ver cuando el proyecto de Pablo Casado hacia la Moncloa pasa por recuperar la C. Valenciana. Deberíamos valer sin necesidad de que Pedro Sánchez, Casado o la líder emocional de Podemos nos miren como si valiéramos. Valerse por sí mismo se dice cuando se alcanza un cierto grado de madurez. Hacerse viejo es en algunos casos una forma de madurez. Y una putada, sí. También.

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