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Martí

Valencianeando

Joan Carles Martí

En estado de ZAS

València es una ciudad acústicamente saturada porque su ayuntamiento es incapaz de consensuar una convivencia mayoritaria

Valencianeando

La convivencia sin ejercicio estropea la vecindad. Desde las tribus premesopotámicas a las actuales comunidades de propietarios siempre se acordó unas normas básicas. La imposición genera rechazos oportunos, así que la ciudadanía resulta más saludable no solo cuando va en bicicleta o se hace vegana, sino cuando se siente a gusto en la colectividad. València lleva tiempo en estado de ZAS, que es el peor de los estados para su vitalidad. Por principio toda esquina del callejero es una zona acústica saturada en algún momento del día y de la noche, pero toleramos los servicios esenciales. El problema reside si ocultamos lo sustancial, la ciudad va unida al ruido. Quién se resista a ese binomio tiene la honorable opción de reconquistar la nueva ruralidad, que no tengo ni idea de lo que es. El resto, la inmensa mayoría, debemos consensuar el volumen del sonido, y la municipalidad solo debe otorgarse el papel de árbitro. Si toma partido, como hacen los ‘rialteros’, devalúa el pacto.

VAR vecinal.

Nadie quiere ser árbitro de pequeño, pero desde la existencia del VAR se respecta más a los jueces futbolísticos, incluso hemos descubierto que hay sabios, como mi admirado Mateu Lahoz. El ayuntamiento necesita un mecanismo similar que sin trampas y desde la neutralidad determine qué zonas son insoportables, y dónde está el origen, porque aunque todas las miradas se dirigen siempre a las terrazas, los camiones de basura, los autobuses de la EMT o algunos sistemas de climatización de grandes edificios registran más decibelios que la conversación nocturna. Tras el minucioso estudio, hay que realizar una convocatoria auténtica, o sea, con la imprescindible participación de comerciantes, hosteleros, presidentes de comunidades de vecinos afectadas y portavoces de consumidores. De ahí debe salir el acuerdo. Cada barrio es distinto y no vale una norma común, así que la reclamada descentralización empieza por la base. Además esa es la legítima participación ciudadana. Menos paripé y más trabajo, queridos concejales y asesores varios.

Russafa.

El ‘rialto’ ha sido muy consentidor con el céntrico barrio. Una especie de amor electoral y particular de muchos ediles del gobierno ha hecho de Russafa una zona asfixiante, donde el hartazgo empieza a pasar factura incluso a los simpatizantes ‘compromiseros’. Aunque no está escrito, el laboratorio de la València que diseñó la alegre coalición del ‘comboi’ está en Russafa. Tanto que han obligado a que la ampliación del IVAM sea en el Parc Central, una miopía política de primera que demuestra el aldeanismo de algunos. Ahora, igual que ha pasado en otros distritos, el ZAS en Russafa es imparable. Luego le tocará a Patraix, otro de sus barrios mimados.

Encuesta.

Mientras tanto, ninguno de los ‘sabuts rialteros’ ha pensado realizar una amplia encuesta de verdad sobre los hábitos de los usuarios de terrazas en cada barrio, donde se pregunte donde las prefieren, en la acera o en la calzada. Qué valoran más de una terraza (amplitud, limpieza, proximidad, seguridad, etc.) y también los horarios. Igual es que la democracia participativa solo consiente que se usen los mecanismos de opinión mayoritarios cuando son favorables al gobierno. Además, ese sondeo dejaría desnudas varias entidades de cuatro gatos.

Fira del Llibre.

Me gusta ver el Jardí de Vivers con gente mirando libros. Pasear entre letras es una experiencia única que reconcilia el espíritu del raciocinio, si además te acercas y tocas los libros sentirás como se activan los cinco sentidos. Me agrada mucho cómo huelen los libros nuevos. La pandemia ha hecho que nos demos cuenta de cuáles son los servicios esenciales, y las librerías son nuestras farmacias de estimulación mental. Hay que protégerlas como dispensadoras de productos de primera necesidad y cercanía, porque los libros te hacen más libre, tolerante y dispuesto a la convivencia.

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