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Alfons Garcia

a vuelapluma

Alfons Garcia

Orgullo y perdón

Un operario elimina una pintada a favor de ETA. EFE

Qué hago yo, un valenciano que solo ha pisado un puñado de veces el País Vasco en visitas breves, filosofando de ETA? Confesar orgullo y perdón. Porque ahora nos hemos habituado a respirar la paz, pero algunas generaciones crecimos con el sobresalto de la violencia repentina, que en mi vida de niño tiene la forma del sobresalto de aquellos especiales informativos que de golpe cortaban la programación de la televisión, la única entonces, y ya sabías lo que significaba: un atentado más. Sangre y destrucción. Aprendimos pronto que el miedo se contagia más fácil que un virus y que aquella violencia gratuita y espontánea podía estar cerca de cualquiera. Una gasolinera en un momento mal elegido o un lavabo en un centro comercial en un mal día para los vivos. El odio y el terror siempre podían estar cerca. Como aquel día de enero de 1992, mientras estabas en un aulario funcional, adonde habían despejado clases de distintas facultades que no cabían en sus edificios porque los boomers eráis multitudes y muchos no dejásteis pasar la oportunidad de ser universitarios. Quizá aquella mañana os habían lacerado intentando explicar las últimas teorías lingüísticas de Jacques Derrida. Quizá estabais con la última interpretación de los símbolos de La Regenta. Quizá era aquel trimestre feliz que el profesor de latín dedicó íntegro a las epístolas morales de Séneca. Tú recuerdas a aquel catedrático de pasado comunista clandestino entrando con gesto abatido. Se suspendían las clases, acababan de matar a un profesor. Manuel Broseta. ETA. No estabais ni a 100 metros del lugar. No habíais oído nada. Recuerdas el revuelo en aquel jardín frío entre avenidas de coches. ¿Por ser de derechas? ¿Porque pensaba ser el candidato del PP en las próximas elecciones autonómicas? ¿Por su pasado en la Transición y su cargo en el proceso de creación de las autonomías? Las razones importan poco cuando la conclusión es la muerte violenta. Lo mataron. Eso es lo que importa. Por ser otro de los otros.

Para los que no participamos en el fin de la dictadura más que como niños mirones, nuestro orgullo colectivo debería haber sido capaces de formar parte activa de una sociedad que ganó a los violentos. Fue hace diez años, después de casi medio siglo de sangre gratuita y más de 800 víctimas. Ni una de ellas se debió justificar. La pregunta que queda es si la derrota pudo haber sido antes. Posiblemente. Si muchos no hubiéramos visto a ETA durante años como un símbolo de rebeldía. Quizá sí, si aquellos que nos amamantábamos de agravios nacionalistas no hubiéramos visto algo de liberación de los pueblos oprimidos en aquella masacre por goteo. Quizá sí, si hubiéramos visto sangre donde solo había sangre, sin más razones que la sinrazón. Quizá sí, si no hubiéramos necesitado tanta barbarie sin sentido, como la comprobada en los asesinatos de Francisco Tomás y Valiente y Miguel Ángel Blanco, para levantarnos contra el miedo y la vergüenza. Es cierto que hay miles de factores para la victoria: el cambio de actitud de los países vecinos, la mejora de la presión policial y judicial, la aparición de un nuevo horror terrorista, el 11-S y la nueva posición de EE UU sobre ETA… Pero sin la opresión social, sin que las calles hubieran gritado a ETA que había perdido, quizá hubiera continuado sin admitir su agonía. Ganamos. Y lo peor hoy es que no supimos ganar, porque ni siquiera diez años después somos capaces de celebrar juntos la paz. Como si esta tuviera propietarios. Como si fuéramos un proyecto incapaz de escapar de los bandos políticos.

El mismo día que se conmemora sin gloria un gran día, la ultraderecha ignora el hecho ante el presidente en el Congreso de los Diputados y eleva su cantata de la violencia de los inmigrantes. Forzar la realidad para alarmar y crear otro terror. Si alguien lee esto en un barrio degradado y siente cercano ese mensaje, ojalá no cometa el mismo error que algunos de nosotros en los suburbios de entonces, que tardamos demasiado en darnos cuenta de que ninguna razón vale para el terror. La semilla es la misma; los bandos, los unos y los otros, los salvadores y los opresores. Una ficción. Que no tengamos que pedir perdón por no haber visto antes la barbarie. Que no nos tengamos que enorgullecer de recuperar la paz. Nunca más.

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