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Esquivel

La ventana

Francisco Esquivel

Me quiere no me quiere

En la última aventura compuesta por Pérez-Reverte, Elena Arbués, joven viuda de un marino mercante, librera ella, se topa paseando al perro con un hombre de caucho negro desvanecido en la playa y, al ayudarlo, el encuentro casual cambia su vida bajo el auspicio de un amor taladrado por los mitos mediterráneos. Tanto es así que en un pasaje cumbre, y en referencia a ese buzo italiano llamado Teseo Lombardo, la protagonista declama: «Quisiera morir si él muriera». Según el autor se trata del relato de amor más realista salido de su fábrica. De hecho, a mí se me fue el santo al cielo perdiéndome el resto de la sesión por los vericuetos de la actualidad.

  Sí, porque, al leer el sentimiento de Elena, se me vino el de Iván Redondo cuando aseguró no hace tanto que, si había que tirarse por un barranco por su presidente, se tiraría, y que ahora lo que viene soltando es que Sánchez es pasado y que la próxima mandamás puede ser Yolanda. Dentro del extendido runrún de que el inquilino de la Moncloa se las trae, uno ve estos requiebros y piensa en dónde estaría si fuese una hermanita de la Caridad. Ana Rosa tampoco se anda por las ramas: «Sánchez no puede salir a la calle; es un personaje muy antipático para la sociedad». Ignoro qué le pasa a esta mujer, pero algo en la comunicadora se ha agriado ya que no hace más que enfrentarse y desterrar colaboradores. Yo la visito fugazmente por si las moscas.

  El caso es que, tras el baño de hermanamiento que el antipático se dio entre los suyos, se aprecia en él una tendencia a la distensión siempre, claro está, que no haya cabras de por medio. Hasta el difícilmente digerible Otegi le ha echado una mano al pedirle a Felipe, dentro de la escabrosa pirueta emprendida en el aniversario del fin de la violencia, que asuma la responsabilidad de los Gal, por lo que es posible que el jarrón chino no diga ni mu. Pese al tono, Sánchez mira que es avieso y al poco de iniciar sus parrafadas está citando a Ayuso para desesperación del jefe de esta, al que cada día se le nota más fuera de sí. Y es que ni siquiera para Ana Rosa cuenta el pavo.  

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