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Julio Monreal

EL NORAY

Julio Monreal

Un sandwich envenenado

Un sandwich envenenado Julio Monreal

Cuentan los viajeros que hay un antes y un después de visitar la India, por las emociones fuertes y el choque cultural que ofrece un recorrido por ese país, siempre que uno se permita que la experiencia empape el cuerpo y la mente.

Hay otras vivencias más cercanas que marcan un antes y un después, y una de ellas es una visita a una planta de recepción y tratamiento de residuos. La experiencia es equiparable a ponerse delante de un espejo gigantesco que devuelve un abanico de imágenes que no se quieren ver. Cara a cara frente a las arrugas, los michelines, las bolsas de los ojos o una tupida capa de acné. Porque todo eso es la basura, una montaña de cosas desechadas que uno genera sin darse cuenta y que uno quiere que desaparezca de su vista cuanto antes para evitar molestas ocupaciones de espacio, olores o visitantes desagradables con cuatro patas o más.

Uno se siente pequeño y culpable ante la montaña de balas de residuos atados con gruesos alambres que se apilan a la salida de una planta de tratamiento esperando su transporte a un vertedero. Después de haber transitado toda la basura por un sinfín de túneles, cintas, imanes y manos expertas, casi la mitad de lo recibido es declarado irrecuperable y no queda más remedio que enterrarlo en un vertedero que suele estar situado en un paraje poco accesible. Ahí quedarán las balas para siempre, rellenando una hondonada con sucesivas lonchas de tierra entre las distintas alturas, como un gigantesco sandwich escondido a la espera de que las generaciones futuras lo descubran y se lo coman.

Y eso que una planta de tratamiento de basuras es hoy una instalación moderna, una auténtica industria con mínimo impacto visual y ambiental. Nada que ver con lo que uno puede recordar o imaginar. El Consorcio Valencia Interior (CVI), que gestiona los residuos de 63 municipios del Camp de Túria, la Serranía, el Rincón de Ademuz, la Hoya de Buñol y la comarca de Requena-Utiel (250.000 habitantes) tiene una modélica instalación de tratamiento en Llíria y otra más pequeña en Caudete de las Fuentes, justo al lado del vertedero que acoge lo irrecuperable. En estas instalaciones trata al año más de 186.000 toneladas de residuos, que incluyen no solo los propios, sino los generados en otros ámbitos como el del COR, el consorcio que se encarga de los desechos de 93 municipios de la Safor, la Costera, la Vall d’Albaida, la Canal de Navarrés y el Valle de Ayora y que está en pleno proceso de reconversión para dotarse de instalaciones adecuadas, la primera de ellas prevista en Ayora. Pues bien: el 44 % de toda esa basura no se puede recuperar pese a los recursos empleados, la tecnología disponible y todo el esfuerzo y el conocimiento que ponen los gestores y los trabajadores de las entidades encargadas. Son 81.840 toneladas al año que van a parar al vertedero de Caudete como un sandwich envenenado que queda para la posteridad. Quizás si se piensa que una tonelada es lo que pesa aproximadamente un coche de tamaño mediano se pueda uno imaginar lo que significa sepultar en doce meses casi 82.000 vehículos en estado de chatarra.

«Yo no reciclo. Que me cobren lo que me tengan que cobrar pero no tendré cuatro o cinco cubos para separar la basura. Total, en cuanto el camión vuelve la esquina la juntan toda». Este es un comentario que se escucha con frecuencia y que se cura con una visita a cualquier planta de tratamiento, algo que debería ser obligatorio no solo para los escolares.

No es una cuestión de dinero, pero también. Las legislaciones europea, española y valenciana van a cambiar en los próximos meses la relación de la sociedad con sus residuos. Por cada tonelada que acabe en un vertedero, los responsables del tratamiento a escala supracomarcal habrán de pagar de multa 30 euros, lo que significa que en el caso del CVI la sanción ascendería hoy a casi dos millones y medio de euros al año, repercutibles, como es obligatorio, en la tasa de basuras que paga cada ciudadano de su ámbito, además de lo que cuesta la recogida y el tratamiento de lo que sí se puede recuperar.

Para hacer frente a esta doble e impresionante factura, económica y ambiental, instituciones, consorcios, ayuntamientos, empresas y organizaciones trabajan sin descanso pero con éxitos aún limitados. Mientras llegan los contenedores inteligentes, que se abrirán con una tarjeta electrónica personalizada, se intenta incentivar que la ciudadanía lleve sus residuos a los ecoparques con las llamadas «cuentas ambientales», que asignan puntos o dinero para cada usuario canjeables como descuentos en su tasa de basuras o como cheques de consumo en el comercio local (Utiel y, próximamente, Riba-roja). También se abre paso la recogida selectiva puerta a puerta, eliminando los contenedores fijos en la calle en zonas con menor densidad urbana para ganar eficacia en el tratamiento. Se persigue (hasta ahora un fracaso total) que la industria (y Amazon) reduzca la producción de envases y embalajes que provoca el mayor volumen de desechos de una casa, aunque en este caso el tratamiento y la recuperación de los residuos resulte más fácil a un coste elevado. El objetivo apremiante es reducir a toda costa el volumen de residuos y lograr que cada vez un mayor porcentaje de estos sea recuperado como recurso en el ámbito geográfico en el que se generan.

Dos retos preocupan especialmente a los gestores: los residuos orgánicos y los textiles. Los restos de comida son una porción relativamente pequeña de la basura que genera un hogar o una oficina, pero su capacidad de contaminar y hacer inservibles otros elementos de la bolsa es una de las sorpresas que uno se lleva en una planta de tratamiento. El papel, el cartón, el film y otros componentes que no hayan sido separados se mojan y convierten en irrecuperables, al tiempo que la mezcla dificulta extraordinariamente la elaboración de un compost que pueda ser aprovechable en la agricultura y la jardinería. Por ello una de las muchas emergencias en este campo es lograr que la ciudadanía separe sus restos orgánicos de los otros, y que los ayuntamientos y mancomunidades sean capaces de recoger y tratar con eficacia esa parte de la tarta. En esa lista de urgencias está también el residuo textil, cada vez más abundante en una sociedad que consume moda en régimen de usar y tirar. No hay contenedores para textil salvo los de entidades solidarias y en ellos la gente deposita solo prendas que considera reutilizables. La que no se ve recuperable va al cubo con el resto y convierte en inservible todo lo de la bolsa.

Aceites, compresas, restos de poda... Hay mucho que afrontar en este reto global de reducir, recuperar, reciclar y varias «r» más, y ninguno está tan cerca de cada uno como su propio cubo de la basura, un mundo por descubrir y una preocupación que atender día a día.

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