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Elena Fernández-Pello

A la conquista del cuerpo

¿Qué peor cárcel puede haber que la de sentirse preso en el propio cuerpo? ¿Qué manera más sofisticada de control que hacernos creer que la carne nos domina, que es el enemigo y que hay que doblegarla, mortificándola y escondiéndola?

Las mujeres han intentado deshacerse de las cinchas que las retenían. Las sufragistas se quitaban los corses, las hippies quemaban sujetadores. Con el cuerpo liberado es más fácil tomar aire y alzar la voz. Las señoritas del XIX se desmayaban cada dos por tres, asfixiadas con las ballenas con las que se apretaban la cintura. ¿En ese estado de debilidad quién puede pensar en rebelarse?

Las religiones han propagado la idea de que cuerpo y alma, sea lo que ésta sea, van cada uno por su lado, mientras uno se hunde en el fango la otra se eleva a los cielos. Han enseñado a las mujeres a sentirse avergonzadas de sus cuerpos, sucios y pecaminosos, y las han obligado a ocultarlos bajo velos de todo tipo, hasta hacerlas desaparecer.

El control del cuerpo femenino otorga acceso a la principal línea de producción del planeta, la de seres humanos. De los úteros de las mujeres sale la mano de obra barata y el reemplazo para los linajes reales. Siendo las depositarias de esa fuente de riqueza difícilmente se iban a librar de que les colocaran el yugo. Para que hablar de la compra y venta de cuerpos femeninos para uso sexual.

“Susana y el sexo”, el documental que la cadena de televisión pública ha dedicado a Susana Estrada, revisita aquellos años en los que España se destapó. Con la transición en marcha las pantallas del cine se llenaron de señoras en tetas, muy a menudo sin venir a cuento. Susana Estrada, una señorita de Gijón, fue de las pioneras y la primera vez que lo enseñó todo fue sobre un escenario y porque a ella le dio la gana. Además de buen cuerpo, la Estrada tenía inteligencia y desparpajo, y muy poco miedo al escándalo. Es difícil decir si en sus desnudos ponía una intención feminista. De hecho, las feministas le tenían poca simpatía. La época del destape en España fue más disfrutada por los hombres que para las mujeres. Lo que importaba era la modernez y el despiporre, más que las mujeres se reapropiaran de sus cuerpos. La perspectiva temporal es la que permite apreciar el efecto liberador que los desnudos de Susana Estrada y sus compañeras tuvieron en aquella sociedad tan gris.

La instrumentalización erótica del cuerpo femenino difiere radicalmente del uso que el movimiento “Femen” hace de él. Con el pecho al aire, con las tetas como emblema, cuando les cae encima una multa por exhibicionismo las activistas de “Femen” argumentan que su cuerpo es un instrumento político.

En ambos casos, aunque de maneras distintas, las mujeres tienen la posibilidad de adueñarse de esa parte de su ser que es el cuerpo y en el mejor de los casos deciden qué quieren hacer con él.

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