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Olga Merino

Atasco planetario y mental

Sobre la crisis de suministros, la destitución de Koeman, Chirbes y la escritura de diarios:

Viernes, 22 de octubre. Llamo al portero automático y aguardo a que mi madre baje al portal. Nos disponemos a dar una vuelta y a charlar, otro capítulo de ese parloteo interminable que se desmadeja con las madres. Mientras la espero, escucho a una señora hablar airada por el móvil, a voz en grito, caminando en círculos sobre un fragmento de la acera. En un momento dado, la mujer dice: «Él creía que estabas muerto porque no le cogías el teléfono». Tremendo. ¿Estaría muy enfermo el interlocutor desconectado? ¿O lleva una vida al límite, de narcotráfico, pistolas y huida?

Sábado, 23. Desde que me regalaron unos auriculares inalámbricos mi vida doméstica ha mejorado bastante, porque el invento permite simultanear el teléfono con pasar la mopa u ordenar la selva del escritorio. Pero esta mañana, hélas, mientras cacharreaba en la cocina, uno de los audífonos se ha desprendido de la oreja hasta deslizarse por la rejilla de la tostadora encendida, como si se hubiera arrojado por la boca incandescente del volcán de Cumbre Vieja. Operación rescate de un conato de suicidio, tal vez porque el pobre auricular ha escuchado lo que en la radio analizaban: los algoritmos ya deciden a quién toca despedir dentro de las empresas. Por la tarde, supermercado; han subido los precios de todo, menos del pan.

Domingo, 24. En lo más duro del confinamiento por la pandemia, China mandó parar a sus navieras, y ahora hay tapón en los puertos del planeta, un atasco global en el tráfico de mercancías que puede ocasionar el desabastecimiento de algunos bienes en el periodo más consumista del año, con el Black Friday y las Navidades. ¿Y si nos las saltáramos? Por lo menos, el derroche, los paquetes, los regalos, el comecocos, «pero si tiene de todo». Al mismo tiempo, en Gran Bretaña, the pudding island, como la llamó Lawrence Durrell, adornan las estanterías vacías, a causa del Brexit y la falta de camioneros, con berenjenas y rábanos de cartón, con sus fotos ampliadas. A decir verdad, a eso saben los tomates de la globalización, a pasta de celulosa.

Lunes, 25. Sin lugar a dudas, la ciudad ofrece su mejor luz desde estas fechas hasta mediados de noviembre, cuando superado ya el bochorno húmedo que empapa sus veranos la atmósfera se torna más ligera, casi cristalina. Es una claridad dorada, como de sidra o miel, pero sin su consistencia pegajosa, un fulgor apacible que predispone a la placidez y la melancolía. Me autorregalo los Diarios de Rafael Chirbes, recién publicados por Anagrama. Deseo inalcanzable de quedarse toda la tarde devorándolos en un parque, en una terraza. Bajo esta luz.

Martes, 26. Imagino a Chirbes en su casa de Tavernes de la Valldigna, enfermo ya, en sus últimos meses, pasando a limpio las libretas con sus anotaciones, acariciando el inmenso regalo que iba a dejarnos tras su muerte. Hipnotizada por su prosa, por la descarnada franqueza con que abre su intimidad en canal, por la fina disección de sus lecturas, de sus angustias como creador. ¿Por qué se escribe un diario? Puede parecer que el hábito esconde un alarde narcisista, como el pavo real despliega las plumas azules de su cola (el yo, me, mi, conmigo y mi mismidad), pero nada más lejos. Quien se sienta ante las páginas en blanco de un cuaderno lo hace, creo, por apresar la vida que se escapa irremisiblemente, por buscar a la desesperada un interlocutor de verdad en este carajal que llamamos mundo.

Jueves, 28. A Tintín Koeman lo han destituido en el mismo avión de regreso tras el partido contra el Rayo Vallecano por los catastróficos resultados del Barça. En esta ocasión, no lo ha despedido un algoritmo, sino una sencilla regla de tres: Messi tapaba todas las fisuras con el cemento mágico del gol. Mientras, la ministra de Energía viaja al corre que te pillo hasta Argelia para asegurar el suministro de gas durante el invierno.

Viernes, 29. En vísperas de la festividad de los difuntos, leo en el periódico de ayer que los isleños de La Palma temen que el río de lava se trague el cementerio de Tazacorte, sepultando a los muertos por segunda vez. Me pregunto si también habrá quedado un solo diario íntimo en alguna casa, abandonada a la carrera, bajo la lengua de ceniza. Olvido sobre el olvido. 

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