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Alfons Garcia

A VUELAPLUMA

Alfons Garcia

Sin tanto cambio

Grúas

Leo las crónicas de Carrère con prosa de quirófano sobre el juicio de la matanza de la sala Bataclan de París. ¿Por qué estoy vivo yo y otros están muertos? Es la pregunta que agobia a muchos supervivientes. Es una ráfaga que pasa por mi cabeza a veces cuando me quito la mascarilla. Hasta ahora han sido otros los contagiados, por qué no yo. Y si este es el momento. Lo piensas también cada vez que te cruzas en un semáforo con alguien sin mascarilla y no puedes evitar bajar la cabeza en el momento del cruce con el desenmascarado. Morir para matar o morir para salvar, para que vivan otros. ¿Qué misterio es el más grande?, se pregunta Carrère. Ni siquiera dando un sentido a la muerte creo que nadie esquive el miedo a morir.

El miedo es la huella de este tiempo. Aunque parezca que todo vuelve a ser normal, aunque nos empeñemos en que parezca como era antes, queda algo viscoso por dentro. Lo cuestionable además es si queremos que sea igual, si debe ser igual, si es una buena noticia que nada cambie. La amnesia es una forma de ignorancia que puede ayudar a vivir, pero arrastra al desastre.

Lees la prensa de los últimos días y llegas a dudar de que hayamos aprendido algo. La desigualdad continúa creciendo. En la Comunitat Valenciana, sin ir más lejos. La brecha entre los salarios más altos y más bajos ha continuado creciendo, a pesar de crisis y cambios políticos (van seis años de gobierno de la izquierda y de giro en las políticas públicas). Se ha levantado un escudo social más fuerte, tendremos una protección mayor y no estaremos tan a la intemperie, pero la realidad en las calles no ha cambiado casi, dicen las cifras. El modelo globalista neoliberal continúa firme al otro lado del escudo, haciendo de las suyas. Lo realmente importante (y lo realmente difícil) continúa pendiente. Es evidente que transformar modelos es un sueño desde gobiernos de un pequeño rincón del mundo y que no es labor rápida, de dos leyes, pero de momento da la sensación de que no hemos ni arañado a ese sistema devorador de utopías. Dice mucho también que empecemos a levantarnos sobre la ola de otro boom inmobiliario. Casi 20.000 viviendas en construcción en este momento. La industria del ladrillo a tope. Como en los viejos tiempos. Igual que las aguas siempre encuentran su cauce al mar, la economía valenciana siempre acaba hallando su acomodo más seguro en el lugar de siempre, en el aprovechamiento de sus mejores dones: el clima y el largo hilo de playa. Porque ocho de cada diez de esas nuevas viviendas se levantan en València y otros lugares de costa. Continuamos ensanchando la brecha de un territorio cada vez más partido entre un litoral superpoblado y muy activo económicamente y un interior que agoniza sin vida. Un interior cuyo único destino parece ser el de soporte silencioso para la explosión fotovoltaica: un gran tejado para dotar de energía verde y barata (más barata, al menos) a una fachada costera que sigue a lo suyo.

A lo suyo sigue también Donald Trump. Lo suyo es el poder. Ahora el medio (uno de ellos) para reconquistarlo es una industria propia de medios (de comunicación). Da miedo. Es la demostración de que la batalla de este tiempo es la de la verdad. El mundo ha mostrado toda su fragilidad ante la manipulación y la mentira. La batalla empieza a ser una guerra de guerrillas y uno tiene la sensación de que allí donde ha estado tradicionalmente la verdad es una minoría frente a la máquina de la distorsión y los hechos alternativos. Los medios (algunos) siguen dando carnaza a la contrarrealidad de los extranjeros peligrosos, que amenazan nuestros barrios. La realidad (alguna) la exhibe el Síndic de Greuges sin mucho éxito de audiencia: al defensor del pueblo no ha llegado ni una queja sobre esta presunta tragedia de la que tanto nos alarman. Igual que se habla de hipercapitalismo, podemos hablar de una hiperrrealidad para esta época de falsas creencias y verdad cuestionada. Lo dramático es que la realidad económica (y social) y la suprarrealidad informativa van más unidas de lo que puede parecer. Mientras la bolsa de precarios y nuevos pobres sigue al alza, más fácil aumenta el nicho de fieles a verdades paralelas.

La vida parece que sigue igual. Pero no. Lo irreductible, por suerte, es el espíritu de entrega de algunos, que siguen ofreciendo su vida por otros, como se vio en París. La vida no, pero la esperanza sí sigue igual.

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