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Julio Monreal

EL NORAY

Julio Monreal

Sensibilidad extenuante

Ximo Puig y la ministra de Transportes, Raquel Sánchez. Rober Solsona / EP

La progresiva descentralización del Estado que propugna el presidente Ximo Puig va calando poco a poco, pero aún le falta para alcanzar una velocidad que pueda seguir el ritmo del mundo real, el de quienes tienen que resolver asuntos todos los días y se encuentran con elevados muros levantados y mantenidos con la rutina, la desconfianza y la convicción de la razón absoluta.

Los ministerios de Hacienda y de Transportes del Gobierno de España, los dos con ministras socialistas al frente, son estos días ejemplo de una cosa y de su contraria en lo que se refiere a la corresponsabilidad entre administraciones en la gestión de los asuntos públicos.

El departamento que encabeza la exalcaldesa de Gavá, Raquel Sánchez, ha protagonizado esta semana un ejercicio de máxima sensibilidad territorial al presentar y dar curso al estudio informativo del trazado del tren de alta velocidad entre València y Castelló con nada menos que siete alternativas diferentes, consciente de que la futura doble plataforma de ferrocarril entre las dos capitales, tramo esencial en el ansiado corredor mediterráneo, pisará varios charcos empezando por uno monumental que se llama ‘huerta protegida’ al norte del ‘Cap i Casal’.

Es como si el ministerio, liderado hasta hace cuatro días por el valenciano José Luis Ábalos, enviara una carta a los valencianos en la que les emplazara a decidir durante el proceso de información pública y alegaciones (un mes desde el pasado viernes): «Ahí tienen ustedes todas las alternativas. Elijan la que menos les duela y no me fastidien con manifestaciones, tractoradas y encierros». No le falta experiencia en esto al equipo de Transportes, antes Fomento. La ampliación de un carril en la supercongestionada V-21 desde la zona de Port Saplaya hasta València chocó con encierros, barricadas, manifestaciones delante de las palas y otros lamentos por la alquería conocida como el Forn de la Barraca. Hasta el alcalde de València, Joan Ribó, se enfrentó al proyecto e intentó paralizarlo por su afección a una franja de huerta.

Ahora, una plataforma de doble vía de alta velocidad, vallada y de al menos 14 metros de anchura a través de parques naturales, parajes protegidos, zonas de nidificación de aves y humedales de alto valor ecológico, además de cascos urbanos consolidados, importantes núcleos industriales y valiosos enclaves turísticos, no va a dejar indiferente a nadie. Más le valdría a la ministra Sánchez y a su equipo construir en túnel los 74 kilómetros que separan las dos capitales para evitarse quebraderos de cabeza y turbamultas.

Hay que reconocer a favor del equipo ministerial el minucioso trabajo de años (quizás demasiados) para empezar a resolver uno de los corredores ferroviarios de mayor demanda en España, el que circula entre València y Barcelona, pendiente de concretar desde hace décadas cuando otros con menor tránsito y futuro están en servicio consolidado. Lástima que de todo el corredor mediterráneo que se ejecuta en doble plataforma desde Algeciras hasta la frontera francesa, el túnel de la ciudad de València se quede el último en los plazos de ejecución, que van a llevar la obra a las proximidades de 2030, muy lejos del 2025 peleado por el movimiento Quiero Corredor, que llevará de nuevo a Madrid su reivindicación el próximo día 10 de noviembre y podrá recibir allí explicaciones en directo sobre el abanico de trazados que Transportes ha ofrecido a los valencianos para su tramo de infraestructura.

En el otro extremo de esta sensibilidad extenuante se sitúa esta semana el Ministerio de Hacienda de María Jesús Montero. Después de ejecutar el acuerdo político de condonar 400 millones de deuda del Consorcio València 2007, préstamo que nunca debió ser un préstamo, para transformar la dársena interior del puerto de Valencia y el espacio que la circunda en un área de ocio, servicios y actividad económica no vinculada a contenedores, Hacienda iba a retirarse del órgano rector para ser sustituido por la Autoridad Portuaria, que heredaría su 40 % de las acciones, manteniéndose otro 40 % en manos de la Generalitat y el 20 % restante en las del ayuntamiento, en el camino hacia un nuevo órgano gestor con participación paritaria, al 33 % para cada uno.

Pero hete aquí que cuando está el acuerdo para ser bendecido de forma oficial en la reunión del pasado viernes, la Hacienda nacional se descuelga con un par de bombas de racimo sobre el consenso trazado: el Puerto mantendrá el derecho de veto en todas las decisiones que antes ostentaba el ministerio (celoso guardián de la devolución de los 400 millones hasta su condonación); y el suelo de dominio público portuario que en su día se cedió temporalmente a la ciudad y que incluía la lámina de agua de la dársena interior volverá al ámbito de control de la Autoridad Portuaria de Valencia.

Con estos dos apuntes, Hacienda volvía a tratar como niños pequeños a los representantes de unas instituciones tan del Estado como la que gestiona los impuestos a escala nacional. Se ignora qué superioridad moral o de legitimidad adorna a las huestes tributarias que no brillen en los escudos de la Generalitat o del ayuntamiento de una ciudad con más de dos mil años de historia. Quizás piensen los recaudadores que la gestión y el futuro de un espacio tan singular e importante para la ciudad como La Marina deben permanecer tutelados desde el interior de la M30 aunque sea por el puerto interpuesto.

No es de extrañar que el alcalde Ribó, presidente del consorcio, desconvocara la reunión en la que Hacienda pretendía perpetrar su golpe de mano a la espera de la toma de postura de los otros agentes. La Marina es un espacio demasiado importante que busca su futuro desde 2003, año en el que el equipo suizo de vela Alinghi la eligió como base para la disputa de la 32ª Copa del América. Sobran, pues, las tutelas y los vetos y se echan en falta hombros que ayuden a sacar a flote el espacio. Dicho esto, lo mejor que le puede pasar a la renovada dársena y su entorno es que el 15 de noviembre otro equipo de vela, el neozelandés, la elija de nuevo para competir por la 37ª copa en unas condiciones económicas asumibles, un reto por el que hay mucha gente trabajando de forma silenciosa, que es la mejor manera de actuar en esta València de megáfonos.

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