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josefina bueno

El "sueño francés"

Francia se prepara para las elecciones presidenciales que tendrán lugar en la primavera de 2022. Emmanuel Macron se presentará a la reelección y el Partido Socialista acaba de elegir a su candidata, Anne Hidalgo. Aunque ésta se asoma tímidamente en las encuestas, merece una especial atención porque pertenece a esa generación de migrantes españoles que hizo realidad el “sueño francés”, tal como lo contaba Marc Basset. Es hija de emigrantes españoles, y cuando anunció su candidatura, lo hacía como “una mujer francesa nacida en España”. La frase ilustra lo que supuso la emigración española; una generación de hijos e hijas de inmigrantes económicos, exiliados o expatriados de la posguerra que nacieron en Francia o llegaron de pequeños, que se educaron en la escuela pública y laica –que todavía era una “fábrica de ciudadanía” y un ascensor social, aunque a veces fuese estrecho y mal iluminado.

Porque la escuela no lo es todo; luego falta lo que Bourdieu definió como “capital social”, que básicamente está constituido por esos comportamientos y redes que permiten a los más acomodados diferenciarse de los más desfavorecidos. Y es que en los años 60 y 80 los españoles representaban la primera población extranjera en el país vecino. En 1968, llegaron a ser 607.000. La generación de Anne Hidalgo y la de otros como Manuel Valls o la escritora Lydie Salvayre, hija del exilio republicano, se caracterizó por un fuerte deseo de integración en el país de acogida. La asimilación empezaba por el idioma. ¡Cuántos bilingües salieron de aquella generación, sin confrontación, compartiendo dos países en nuestros corazones! Las relaciones con otros hijos de inmigrantes -argelinos, portugueses, …- reforzaban el nexo común, que no era otro que compartir, en muchos casos, la suerte de ser clase obrera. La diversidad era parte del ADN y vimos crecer el proyecto europeo que tantas oportunidades abrió a nuestro país.

La candidata de origen español representa, junto a otras personas más o menos famosas, a esa generación para quienes la igualdad de oportunidades marcó su historia de vida. Necesitamos a representantes políticos que crean firmemente en el proyecto de Estado donde lo público sea una garantía para alcanzar esa igualdad, porque como rezaba el lema de una campaña publicitaria en Francia: “Cuando todo sea privado, estaremos privados de todo”. Necesitamos políticos que encarnen la inmigración como la consecuencia natural de la historia de Europa y como un elemento de enriquecimiento económico y personal. Así lo definía el chef José Andrés al recibir el Premio Princesa de Asturias a la Concordia: “Los inmigrantes construimos puentes porque entendemos que el mundo necesita mesas más largas para unirnos y no muros altos que nos mantengan separados”.

En el horizonte electoral francés ha irrumpido también el fenómeno Eric Zemmour, un tertuliano y escritor polémico, que defiende, por el contrario, tesis xenófobas. Aunque todavía no es candidato oficial –se lo está pensando- tiene una maquinaria mediática a su favor y ha irrumpido en las encuestas, algunas vaticinan incluso que pudiera enfrentarse en segunda vuelta a Macron. Eric Zemmour no es un galán a sus 63 años, pero parece verbalizar un “imaginario” que atraviesa Europa, y que convierte a la inmigración en el foco de todos los males. Parte de sus anuncios abordan la idea de que el modo de vida, los “valores” de Francia se verían amenazados por el auge del islam que hace temer una Francia sin franceses, al estilo de la novela de Michel Houellebecq, La sumisión. Uno de ellos se hizo viral al anunciar que prohibiría los nombres musulmanes si llegaba a presidente. Las encuestas predicen que adelantaría a Marine Le Pen y que captaría el voto no sólo de la extrema derecha sino también el de un sector conservador patriota y hasta podría calar votos en los “chalecos amarillos”.

Más allá de conjeturas e interrogantes que irán despejándose a medida que la cita electoral se acerque, esto demuestra que los valores de la derecha que recorren Europa giran en torno a ciertos temas recurrentes, entre los que habría que destacar un fuerte componente anti-inmigración que empuja al cierre de fronteras y ensalza los valores nacionales, supuestamente universales. Como plantea Achille Mbembe: “El universalismo ya no es un humanismo abierto a la diversidad sino un símbolo de resistencia francés”. A éste, se sumaría la victoria de la individualidad que esgrime la defensa de una libertad –confundida en ocasiones con una falta de solidaridad-, y finalmente una defensa de la meritocracia.

Parece que una mayoría del electorado de derechas opina que, con esfuerzo, se puede triunfar. Nesrine Slaoui es una joven escritora de origen marroquí que con 27 años acaba de publicar una novela autobiográfica, Ilegítimos. En ella, narra cómo consiguió su ascenso social al entrar en la prestigiosa universidad de Sciences Po y cómo, siendo hija de un albañil y una limpiadora, sobrevivió al sexismo y al racismo por su origen étnico y social. Se define como un “error sociológico, la meritocracia sigue siendo un fantasma”. Los discursos políticos que alientan las discriminaciones erosionan la cohesión social y se empeñan en desmembrar nuestra sociedad. No sé si estamos ante la última historia de éxito del ‘sueño francés’, tal vez ahora es más difícil. 

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