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Juan José Millás.

No dejan que me queje

Hace poco hubo en Madrid una manifestación de loteros que pasó inadvertida. Se quejaban de que su comisión permanece estancada desde hace años. Creo que tienen preparada otra para el mismo 22 de diciembre, a la hora del comienzo del sorteo. Intento averiguar lo que me llama la atención de estas manifestaciones y el porqué del poco interés que despiertan en la prensa. Pero como no logro averiguar nada, saco a relucir el asunto en la psicoterapia.

–Me ha dicho el lotero de mi barrio –comienzo tras tumbarme en el diván– que, aunque se manifiestan por la falta de actualización de sus comisiones, la prensa no les hace caso.

–¿Tiene usted amistad con él? –pregunta mi psicoanalista.

–Amistad, no, es que compro la lotería regularmente en su establecimiento.

Mi psicoanalista calla. Su silencio indica que he dicho algo sobre lo que yo mismo debería reflexionar sin necesidad de su ayuda. Pero el hecho de comprar lotería, pienso, no es censurable, aunque quizá pone al descubierto la parte más irracional de mí mismo: la de creer en la magia.

–No es que crea en la magia –me defiendo como si mi terapeuta hubiera dicho lo contrario–, pero es cierto que actúo como si creyera en ella, igual que un no creyente que fuera a misa.

–Ya –dice ella como mero apoyo formal a mi discurso.

–Poca gente –continúo– es capaz de confesar que practica ritos mágicos como el de cruzar los dedos, aunque los aborrezca. A los medios les cuesta dar la noticia del malestar de los loteros porque piensan, quizá, que venden magia y que alguien que vive de vender magia no tiene derecho a quejarse.

–Puede que lleve usted razón –responde mi analista–. No me parece mal análisis. Pero llévelo a usted mismo, que, por lo que veo, es un comprador de magia. ¿Cree que tiene usted derecho a quejarse de sus conflictos?

–Claro que tengo derecho, pero siento también que no me dejan.

–Tiene usted algo de vendedor de magia, entonces.

–Algo sí –confieso, y desde entonces no he dejado de darle vueltas al asunto. 

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