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Juan José Millás.

TIERRA DE NADIE

Juanjo Millás

Un sueñecito

Hay gente que triunfa a la vez por dentro y por fuera: con la piel, podríamos decir, y con el hígado. No es fácil triunfar con la piel y con el hígado de forma simultánea. Cuando no fracasa un órgano fracasa el otro, o al revés, y eso cuando no fracasan los dos. Pero hablamos de gente que triunfa con ambos, gente que ocupa despachos con vistas a su ego y que cuando se toma el descanso de media mañana se asoma a sí misma y siente una oleada de autogratitud. Si esto lo hubiera visto mi padre, dicen, piensan, suspiran, porque muchos de ellos son huérfanos. Lo eran ya en vida de sus padres. Ocupan despachos con moqueta, decíamos, y poseen el arte de saber a quién conviene criticar y a quién no y en qué momento. Sus vísceras y su epidermis han llegado a un acuerdo, están en paz.

La piel es el órgano más grande del cuerpo. Podría imponer condiciones al corazón. Esto es lo que piensa el triunfador asomado a sí mismo, quizá dando sorbos a una taza de té negro que le acaban de pasar sus asistentes. Este tipo de triunfador total suele dejar cadáveres en el camino, cadáveres en los que ahora piensa con lástima y satisfacción. Individuos que no entendieron de qué iba esto de la vida, pobres diablos que desde el éxito total provocan una pena retrospectiva, si bien el triunfador asomado a sí mismo ha de reconocer que los envidia un poco al mismo tiempo. Asunto verdaderamente inexplicable. ¿Cómo se puede tener nostalgia del fracaso? El triunfador no sabe cómo, pero lo cierto es que la tiene.

El triunfador le ha preguntado al espejo mágico quién es el sujeto con más éxito de este mundo y el espejo le ha dicho que es un fracasado al que el triunfador conoce bien porque contribuyó a su fracaso. El triunfador está hecho un lío, de modo que reúne a sus subordinados y les da órdenes contradictorias. No hay mayor poder que el del ejercicio de la contradicción. Cuando los subordinados, confundidos, salen de su despacho, el triunfador da un suspiro de alivio. Que se haga la mierda, dice para sus adentros, y la mierda se hace y él ve que la mierda está bien, así que ordena que no le molesten y se echa un sueñecito.  

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