Dentro de la intensificación de la defensa de la Filosofía en la Educación Secundaria con motivo de la disminución de la asignatura de Ética que prevé la nueva legislación, dialogué el pasado día 8, en el seno de la Fundación Juan March, con el prestigioso filósofo alemán Markus Gabriel, célebre por sus numerosas publicaciones sobre epistemología, ética, neurociencia y ontología. El acto vino propiciado por el más célebre de nuestros novísimos filósofos, Ernesto Castro, quien sirvió de introductor y condujo la conversación con sobriedad y gran precisión.

El diálogo giraba alrededor de la función de la filosofía en la sociedad contemporánea. Es ingente el número de requerimientos que se nos hace a los filósofos para reflexionar sobre este hecho, pero estas intervenciones tienen el aspecto de una actividad de guerrilleros. La filosofía no ha logrado en España el prestigio de Estado que ha logrado en Italia, Alemania o Francia, y eso condiciona de forma profunda la sociología de la profesión. La consecuencia es que los actores ministeriales maltratan una disciplina que, cuanto más insegura se siente, más precaria presencia pública tiene.

Gabriel, que es un tipo a la vez jovial y profundo, y que conoce el castellano de un modo admirable, lo dijo en un momento de su intervención. «Yo no quiero estar en la oposición. Quiero colaborar donde se toman las decisiones». Y puso como ejemplo la fundación de un centro de estudios avanzados en Hamburgo, en el que diversos mecenas han puesto mucho dinero para reflexionar sobre los horizontes evolutivos del Estado social de derecho. Yo sonreí con amargura. Mi rostro debió resultar expresivo, pues una buena parte del público casi llega a la carcajada. Luego aludí a la concepción poco cooperativa en general de las instituciones españolas, en muchas ocasiones un asentamiento guerrillero personalizado en un paisaje agreste y montaraz. Después me pregunté cómo no estar en la oposición cuando nos quieren eliminar.

Así las cosas, la conversación tuvo un punto desigual. Gabriel todavía pertenece a un país consciente de que no se puede tener un lugar significativo en el mundo sin una posición filosófica clara. Habrá quien responda que esa diferencia se debe a que Gabriel es un tipo genial, algo que no se puede decir de ningún filósofo español y menos de mí. Eso es bastante probable. Pero no por ello una sociedad civilizada y sus poderes públicos debían eliminar un saber antiguo de su educación, sino poner en marcha dispositivos adecuados para que nuestras filósofas y filósofos, que hoy rondan entre los treinta y los cincuenta años, puedan llegar a ser relevantes.

Lo que no ofrece duda es que la calidad de un país en el mundo se mide también por la capacidad de haber configurado un pensamiento filosófico de altura. Lo que vino a decirnos Gabriel es que alguien que no piense así no pertenece a la civilización europea. Europa no puede comprenderse sin la filosofía. Y no puede hacerlo porque desde Grecia, desde Roma y desde Jerusalén, la forma europea de mirar ha sido incluir en su percepción la búsqueda de elementos universales de la vida humana. Claro que han sido desplegados desde un particular punto de vista, pero éste siempre fue trascendido en el esfuerzo de buscar estructuras normativas que vincularan a cualquier inteligencia. Daba igual que se fuera un esclavo, o una mujer, o que se formara parte de una etnia o de otra. Para Sócrates, para un jurista romano o para Pablo de Tarso, aquello que buscaban era algo cuya validez resultaba independiente de su nacimiento, sexo, estatuto, origen, carácter o historia personal.

La búsqueda de algo que posea validez universal ha hecho la experiencia de Europa. Algunos de sus hallazgos se han impuesto en el mundo entero. La ciencia libre de supuestos, el Estado, el derecho racional, los parlamentos, el capitalismo, los partidos, la división de poderes, son hoy plantas que crecen en todo el mundo y lo hacen porque tienen detrás aspiraciones de validez universal. La naturaleza como estructura independiente de la mente humana que se puede conocer al margen de las proyecciones de la imaginación; el derecho como conjunto de axiomas que coaccionan al margen de la posesión de la fuerza; la dignidad como estructura de la subjetividad que anima un cuerpo sagrado que no se puede violentar por mandato de una ley que no procede de la voluntad arbitraria de ningún otro humano, sino que lo constituye como tal («Primero fue la ley, luego vinieron los hombres»), son los grandes hallazgos de Atenas, de Roma y de Jerusalén.

No fueron hallazgos teóricos. Gabriel insistió en que no hay teoría por una parte y praxis por otra. Sugiero que esa es la dimensión constituyente de la filosofía. No puede avanzar sin vincularse al principio de realidad, mediante el conocimiento, y sin vincularse al mismo tiempo a la regulación de la práctica común de los humanos. Por eso, cuando esa síntesis se rompe, el conocimiento es asunto de especialistas sin espíritu, técnicos que pueden venderse al mejor postor; y cuando la praxis no respeta el principio de realidad, pasa a convertirse en una actividad irresponsable que solo puede sostenerse en su vacío mediante la borrachera psíquica, el dogmatismo, el cinismo o el narcisismo. La energía ética reside en poner valores, aspiraciones, ideales y normas en tensión con el mundo. Y la energía filosófica que la produce se nutre de la experiencia acumulada en las formas de enfocar, regular, desplegar y mantener viva esa tensión.

Pero esa tensión está ahí por la complejidad que introduce el ser humano en el mundo. Gabriel defiende a Schelling porque fue el primero en atisbar que la naturaleza se orienta en su evolución por la producción de masa neuronal, por una mejor aspiración al conocimiento, como si la impulsara el anhelo de conocerse. Lo más trágico sería que ese anhelo de conocerse atravesara toda la naturaleza y abandonara al ser humano que gusta de colocarse en la cima de esa evolución. Sabemos que no fue así. El conocerse fue el hallazgo que aseguró el éxito evolutivo de los humanos. La filosofía es la institución que refina ese hallazgo y le da eficacia en situaciones muy complejas. Sólo ella ofrece argumentos para disponer de una idea de totalidad relativa a nuestra vida -único expediente que reduce complejidad- y reflexiona sobre lo importante respecto de ese todo vital. Sólo ella, por tanto, nos permite tomar nuestra vida en nuestras manos, ejercer la libertad adecuada a nuestra dignidad con autonomía y dejar de ser administrados por otras potencias y en su beneficio. Pero quizá nuestros poderosos nos quieran así, seres administrados y pasivos, como en las sociedades egipcias anteriores a la ‘polis’ griega.