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josefina bueno

Podría ser mi hija

Trabajar por la igualdad entre mujeres y hombres ha sido y sigue siendo uno de los ejes de mi investigación académica y de mi participación en política. No es el único, pero recorre mi trayectoria profesional y responde a un compromiso personal. Hago mía la frase de Rosa María Calaf: “Si un reto vale la pena es, sin atisbo de duda, el de contar el planeta en femenino. Solo así el relato del mundo en que vivimos estará completo”. Casi todos los días, todas las semanas, se producen a lo largo y ancho del país asesinatos machistas y agresiones sexuales que vienen a engrosar una cifra insoportable. La violación a la chica de Igualada –una menor de tan sólo 16 años- me ha conmocionado. Llama la atención la edad y la brutalidad de los detalles conocidos –la dejaron abandonada en un polígono inconsciente y la rescató un camionero, al parecer muy afectado. La chica continúa hospitalizada y ha tenido que ser intervenida por segunda vez. Me faltan palabras para expresar tanto horror, para imaginar lo que habrá pasado y está pasando esta joven, para compartir el dolor de su madre. Porque podría ser mi hija, la hija de cualquiera de nosotras.

Quisiera mandarles mi consuelo y apoyo a las dos, y desearles una pronta recuperación, si es que una atrocidad de tal calibre deja hueco para la recuperación, para el olvido, para la esperanza de retomar las riendas de sus vidas. No olvidemos que la violencia de género produce heridas sicológicas a la víctima y a su entorno afectivo. No ha habido concentración en Sol –no faltaban motivos-, ni se han abierto los parlamentos con un minuto de silencio por arrebatarle la juventud a una chica que sólo salió a divertirse. Asimilamos con demasiada frecuencia la violencia de género con el asesinato, pero una agresión como ésta es un atentado al cuerpo de las mujeres, a su dignidad como persona, al derecho a vivir y no quedar estigmatizada casi de por vida. Tenemos la obligación de poner este caso en la agenda pública para advertir de una preocupante deriva que es el aumento de las agresiones sexuales y las violaciones. Mientras la criminalidad alcanza su mínimo histórico de treintainueve delitos por cada mil habitantes, según el último informe del Ministerio del Interior, se produce una denuncia de violación cada cuatro horas. Este dato supone un aumento de los delitos contra la libertad e indemnidad sexual en comparación con el mismo período de 2020. Por edad, los y las menores y el colectivo comprendido entre 18 y 30 años representan las tres cuartas partes. La Comunitat Valenciana aparece como la cuarta autonomía con mayor aumento de delitos sexuales, con Alicante y Valencia a la cabeza. Bien es cierto que, como apuntan fuentes del ministerio, el aumento debe ponerse en relación con las “activas políticas de concienciación social que han proporcionado que las víctimas tengan una mayor predisposición a denunciar estos delitos”. Sin embargo, algunas voces expertas como la de la profesora de la Universidad de Alicante, Concepción Torres, añaden un “efecto posconfinamiento” y la resistencia de sectores de la sociedad ante los avances en materia de igualdad. La situación es grave y es necesario señalar conductas machistas que utilizan a las chicas como objetos de usar y tirar. Comparto así la preocupación de Amelia Valcárcel acerca de un caso que exigiría un análisis profundo y tal vez alguna decisión al más alto nivel. Quien piense lo contrario, ni muestra empatía, ni tiene hijas, ni es de este mundo.

Ojalá encuentren al o los agresores –de momento no hay pistas- y caiga sobre ellos el peso de la ley. Pero es igualmente necesario invertir en la prevención, en la educación, y exigir una mayor implicación social, especialmente en los sectores del ocio nocturno. Esta violencia nos interpela como ciudadanía, como madres y como padres. Así lo escribía Salvador Enguix en La Vanguardia al expresar en su artículo, “Volver sola a casa”, la preocupación que, como padre, siente cuando su hija –veinteañera- llega tarde por la noche. Una preocupación que no es tan acuciante si se trata de tu hijo porque “en este asunto, estamos igual que hace 40 años, o tal vez peor”. “Tengo que ir tapada para sentirme un poco segura”, así dicen sentirse algunas chicas. ¿Por qué sigue siendo más peligroso para una chica que para un chico volver tarde a casa? ¿Por qué las chicas deben llevar más cuidado en cómo visten, si beben más o menos, no vaya ser que cualquier descuido pudiera ser aprovechado por el primer desalmado que pase al acecho de su presa? Las chicas, las jóvenes y no tan jóvenes deberían poder regresar a casa tranquilas, a cualquier hora, lleven lo que lleven y vayan como vayan, es lo mínimo que podemos garantizarles para que vivan la plena igualdad en el ocio y en el disfrute de su juventud. No podemos resignarnos a seguir como hace 40 años, y para ello sigue siendo necesaria la mirada feminista, porque como bien decía Carmen Calvo la semana pasada en Murcia: “El feminismo mejora la Democracia y la convivencia, y beneficia a las mujeres y a los hombres. Ellos son también padres, hermanos, esposos, o compañeros.”

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