En el siglo pasado, el 1 de noviembre, Todos los Santos, era frecuente estrenar la ropa de invierno, hiciera frio o no. Normalmente se acertaba: el abrigo era recomendable o necesario.

Noviembre era el mes más bonito de la transición otoñal; junto a la caída de las hojas de los árboles que creaban alfombras en las calles, comenzaba a verse a las castañeras que, por poco dinero, te ofrecían castañas calientes, hechas a leña. Al salir del colegio, por la tarde, en la oscuridad de las calles que se daba en los años 60 y 70, comprar una ‘mesura de castañas’ y ponerla en el bolsillo era un verdadero placer. Calentaba las manos, y era ideal para ir paseando hacia casa, hablando con los amigos, compartiendo entre todos el calorcito y el sabor de las castañas, junto a las anécdotas de la jornada escolar. Un día podía comprar uno y compartirlas, otro día lo haría otro. Así, en el paseo del colegio a casa, las castañas calientes y la compañía de los amigos, ese mes tristón, pero con su encanto otoñal, iba transcurriendo hasta que comenzaba diciembre y El Corte Inglés, Galerías Preciados y otros centros comerciales decretaban el inicio de la navidad. Las calles cambiaban de aspecto, los escaparates se adornaban y las luces, aunque más discretas que las actuales, ayudaban alegrándolo todo.

La víspera de Todos los Santos era un momento en el que la familia recordaba a los muertos, seres queridos que nos habían dejado; se encendía una candela en honor a cada uno de ellos. Los creyentes les rezaban y los no creyentes, al menos, los recordaban. Días antes se habían arreglado tumbas y lápidas para llevar flores en su recuerdo. Para que no todo fuera nostalgia, ese día se endulzaba con los ‘huesitos de santos’ o los ‘panellets’.

Con seguridad, en otras regiones de España lo harían de otra forma y en otros países iberoamericanos, tendrían también sus tradiciones. Nos llegaban pocas influencias al respecto. Ahora sé que es especialmente entrañable como se vive en México, con sus altares y el pan de muertos, reuniones familiares en el camposanto, o los caminos hechos con pétalos de flor de cempasúchil, que guían a las almas hacia sus casas.

Entre las locuras climáticas y las humanas, nos han robado el otoño. Pasamos del ‘veroño’ a Todos los Santos y, tras haberse disfrazado en Halloween, sin saber en la mayoría de casos ni qué se celebra, se ha magnificado comercialmente noviembre incluyendo el ‘Black Friday’ y todos los elementos consumibles de navidad están ya disponibles en comercios y televisiones.

Tenía encanto vivir las estaciones en las que se alternaban momentos intensos de diversión con cierto aburrimiento por el tránsito a través de rutinas menos divertidas que te ayudaban a desear que llegara otro festejo que te alegrara la vida. Había, a su vez, un cierto ritmo cultural en el que las tradiciones acompañaban a los cambios de estaciones.

Actualmente, hemos adoptado hábitos heredados del mundo anglosajón y siento que nos están haciendo olvidar o enmascarar nuestras tradiciones. La interculturalidad es un fenómeno precioso, deseable: diluir fronteras y que todos podamos ser partícipes de tradiciones de la Aldea Global en la que vivimos, gracias a las comunicaciones. El sincretismo cultural mexicano es ejemplar. Sin embargo, no estoy seguro de que vivamos una interculturalidad real. Parece más probable que hayamos entrado en un modo de aculturación basado en una vivencia superficial de hechos, que asumimos rápidamente como modas, olvidando lo propio y sin tener conciencia clara acerca del significado de lo nuevo. No es que no lo tenga, se olvidó al llegar aquí y quedan como meros festejos que incrementan el consumo, crean nuevas costumbres, pero alejadas de su contenido original.

Incluso, da la sensación de que Papá Nöel se haya popularizado, porque es imposible lograr que los niños esperen los regalos hasta final de navidad, con calma y tranquilidad, disfrutando de lo que ya tienen en las fiestas. La necesidad de que ‘el premio llegue YA’, que no se trabaje el valor de saber esperar, desear el futuro, en gran medida desmerece una cultura del esfuerzo. El esfuerzo se basa en una ‘cultura de refuerzo diferido’ en la que sabes que trabajas, persistes y confías que, dentro de un tiempo, llegarás a la meta. Cumplido el objetivo deseado, recibirás el premio o el reconocimiento. Todo nos educa y en los cambios de costumbres, más allá de que se relajen los niveles de exigencia escolar, parece que todo va dirigido a contentar a las personas sin necesidad de que se esfuercen, ignoren el porqué y para qué se hacen las cosas y las hagan sin vivir su significado.

En esa educación superficial nos vamos moviendo cada vez con mayor rapidez y, nos guste o no, si no promovemos una educación que dé sentido a nuestra cultura, contenido a nuestras vivencias y significado a todo lo que hacemos, abocamos a la infancia y a la juventud a una cultura vacía, sin valores de referencia de desarrollo personal y mejora social, en la que lo único que se asocian son hechos impregnados de actos consumistas.