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Juan Lagardera

NO HAGAN OLAS

Juan Lagardera

El Nano d’En Llop

El Nano d’En Llop Juan Lagardera

Nano es una expresión típica de la ciudad de Valencia, una muletilla que muchos jóvenes –y no tanto– incorporan a modo de final amigable de una frase o para sustituir con más cariño si cabe al nombre propio de la persona que se saluda: —¡Ey, Nano!, ¿cómo estás? Que yo sepa, solo la he escuchado entre valencianos capitalinos, a lo sumo metropolitanos. Ahora, en un documental que se acaba de estrenar en los cines Lys, se apunta a la sospecha de que esta expresión procede de un histórico y popular hito de la ciudad que, en cualquier caso, sea o no verídico, conviene recordar dada su legendaria traza y carácter.

Lo bien cierto es que entre las calles En Llop y Sangre, vecinas de la actual y bien céntrica Plaza del Ayuntamiento, existieron dos palacios de aires neoclásicos, del siglo XVIII, pertenecientes a dos sagas nobiliarias valencianas, la de los Castillo y la de los Merita Llácer. La primera ostentaba el marquesado de Jura Real, y así se llamaba el gran caserón que habitaban; mientras que los Merita resultaban ser condes de Rótova. Tal fue su enemistad que, tras diversos pleitos y la concesión del título a los Castillo, Lorenzo Merita mandó esculpir la figura de un enano mostrando su culo que colocó en la fachada de su casa blasonada de los Llácer, o sea, dando la espalda al palacio del Marqués de Jura.

La mitología urbana añade que desde entonces las jóvenes que deseaban tener novio acudían al Nano, le palpaban las nalgas y daban unas cuantas vueltas para conseguir el beneplácito libidinoso de los muchachos. Lo cierto es que las obras de ampliación de la plaza del Ayuntamiento a finales de 1929 se llevaron por delante no solo la línea de edificios que constituía la Bajada de San Francisco sino todo el frente de las calles de la Sangre, En Llop y Cotanda. Tanto la casona con el Nano de culo como el Palacio de Jura fueron demolidos. Uno de los portalones de este último fue acoplado al nuevo edificio neobarroco que se construyó en la nueva esquina, el otro fue llevado a Viveros, donde sigue dando entrada a una rosaleda. El Nano fue adquirido por un particular que se lo hizo instalar en su chalet de la Cañada.

Ese particular no fue otro que Vicent Miquel Carceller, el editor de la popular revista satírica La Traca, a quien se dedica el documental que hemos reseñado y de quien ya tuvimos noticias hace unos años cuando La Nau de la Universitat de València le dedicó una excepcional exposición a las publicaciones valencianas de humor gráfico que tanto éxito tuvieron en el periodo de entreguerras. Carceller, un periodista autodidacta, se llevó el Nano a su chalet, una folklórica edificación conformada por una fachada en la que se distinguían dos barracas, unas torres de Serranos y un Miguelete. Una buena horterada.

La vida y milagros de Carceller, rescatada por el estudioso Antonio Laguna y el bibliófilo Rafael Solaz, con la colaboración de coleccionistas como Lamberto Ortiz y técnicos de la Biblioteca Valenciana encabezados por Enrique Nogués, constituyen todo un compendio que ayuda a entender muchas cosas de las que sucedieron en los turbulentos años 30 del siglo pasado. Carceller fue un blasquista irredento, anticlerical y antimilitarista como pocos, que vino en entender de modo muy intuitivo que el periodismo gráfico iba a ser el gran instrumento de comunicación y propaganda en unos años de confrontación ideológica, pasión política e incultura general.

El viraje blasquista hacia Lerroux seguramente le llevo a acercarse a Izquierda Republicana y durante la guerra se convirtió en un feroz antifranquista, lo que le valió la condena de muerte, que le fue ejecutada en Paterna en 1940. Carceller se hizo millonario con La Traca, que publicó primero en un valenciano muy popular y antiacadémico y más tarde también en castellano, llegando a imprimir más de medio millón de ejemplares semanales. Su empresa, Prensa Valenciana rebautizada como Editorial Carceller, fue la responsable de numerosas publicaciones de éxito, lo que llevó a Carceller a otras aventuras culturales como el Nostre Teatre y el cine Metropol.

El documental cuenta con una eficaz realización (Ricardo Macián) y un exquisito montaje (Miguel Ángel Villa), camino de los Goya. Se lo recomiendo. También resulta revelador como fuente de conocimiento de una parte del blasquismo como movimiento valencianista republicano basado en tradiciones populares como las mismas fallas sobre el que el posterior nacionalismo progresista de los 60, el fomentado por el fusterianismo, no quiso saber nada. La historia, en ocasiones se escribe así.

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