Vivimos una revolución silenciosa que transformará el mundo de una manera radical. Hoy lo sabemos todo de todos al mismo tiempo. Esa facilidad del acceso a la información que ha proporcionado internet nos obliga a reconocer la existencia de intersecciones culturales que nos piden pensar y actuar generosamente en favor de un pluralismo más abierto. No es fácil, porque cualquiera de nosotros hemos estado configurados culturalmente en un marco delimitado por una formación heredada o transmitida en contextos influenciados por el poder religioso o político de turno.

Asistimos a la presión de desheredados que buscan refugio en una Europa a la que siguen considerando faro que ilumina las tinieblas de la desesperanza. Una presión retransmitida en directo que debería alzar las luces rojas de nuestra conciencia como hombres dotados de discernimiento hacia el bien pero que sin embargo alimenta los discursos identitarios creyendo que son el refugio frente a una barbarie que, como la antigua Roma decadente consideraba que más allá de donde alcanzaba su poder sólo existía la barbarie y el caos, como si dentro de sus propias fronteras todo fuera pacífica e idílica convivencia.

Las diferencias culturales nos remiten a hablar de «problemas» por una sencilla razón: no hemos experimentado, no hemos incorporado a nuestra experiencia de vida, ni integrado de un modo armónico en nuestro vivir esas diferencias.

¿Significa todo esto que debemos aceptar el relativismo del todo vale? En tiempos de confusión como el que vivimos, que nos llevan a la desmoralización, es cuando más necesaria se hace una actitud de recuperar confianza frente a la violencia y la agresión de los que se atrincheran en sus identidades. De ahí que insistamos en proclamar los principios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero no entendidos desde la subjetividad individual, sino por convencimiento de que la naturaleza y la dignidad del hombre los hacen necesarios como faro de una civilización integradora de diferencias. Porque esos derechos nos protegen del deseo de control por parte de gobiernos o grupos poderosos y para evitar que la justicia sea la ventaja del más fuerte, que es una creciente sensación cuando el Estado cae en manos de los grupos de presión de intereses alejados de la verdad, que nunca puede ser el autointerés, sino el desprendimiento, la generosidad, la solidaridad y la cercanía con los desamparados. Así es que, aquí «no vale todo», ni todo vale lo mismo porque así interese a un poderoso grupo. Eso, justamente eso, destruye al «otro» y acaba con el enriquecedor pluralismo. Seguramente ese necesario diálogo intercultural puede ser más fácil si lo centramos en superar injusticias en el control de recursos económicos, en discriminación, maltratos o explotación, en el sufrimiento real compartido. Desde esa priorización en trabajar por la dignidad del hombre será más fácil respetar las diferencias religiosas o culturales, la aceptación de la identidad crecida en la raíz natural de la lengua y las tradiciones, siempre que el límite sea claro: el respeto a los derechos humanos.