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Isabel Olmos

PUNTO Y APARTE

Isabel Olmos

El joc del calamar

Un fotograma del "Juego del calamar" Levante-EMV

Todavía les recuerdo en el sofá, sofocados por la risa. Era 1989 y Canal 9 iniciaba su andadura como televisión pública valenciana. Por primera vez, como anteriormente habían hecho los catalanes con TV3, los vascos con ETB, los gallegos con A Galega y los andaluces con Canal Sur, mis abuelos se enfrentaban a una película en su idioma, el que hablaban en casa pero el que -como les pasó durante el franquismo con el suyo a millones de españoles a lo largo y ancho de la piel de toro- eran incapaces de escribir y concebir como elemento de creación artística de relevancia. Lo hablaba mi abuela, una valenciana hija de una ampostina y un oriundo de Mora de Rubielos, y lo hablaba mi abuelo, un valenciano hijo de una jovencita de Castelló y de un natural de Aldeanueva del Camino, en Extremadura. Y esto solo en la generación de mis abuelos: si retrocedemos un paso atrás, mi diáspora genética como, insisto, la de millones de españoles, extiende sus filamentos a Ciudad Real, Murcia, Alicante, Salamanca...

Quizás por esto, porque me siento rica por este legado pluricultural y plurilingüístico que no pienso rechazar, o porque tengo memoria y sé de donde vienen quienes hicieron posible con sus decisiones que yo hoy esté aquí, sé que España no es lo que nos cuentan algunos. En absoluto. Para nada. Pese a la imagen insistente de un país simplificado en el uno -un idioma, un territorio, una cultura, una bandera, una manera de sentir, de crear, de estar en el mundo- existe otro real, humano, diverso, con tantos idiomas y acentos que se contarían por docenas. Solo en Andalucía en cada provincia se habla un acento diferente del español. La lengua catalana no solo existe en Catalunya, las Baleares o la C. Valenciana. Se habla en el Carxe, que está en Murcia, en la franja de Aragón o en el Alghero italiano. Están e l aragonés, el asturiano o el bable, y, también sobreviviendo contra viento y marea, el gallego en un trocito de Asturias, o el portugués en Extremadura o en Castilla -León, Como yo, hay millones de personas que podrían escribir perfectamente este artículo, en castellano, pero que hablan otro idioma. Idiomas, dialectos, acentos, que se cuelan por las rendijas de lo burocráticamente establecido y por las fronteras de lo territorialmente conquistado.

A mis abuelos les daba risa -o vergüenza, mejor dicho-, que los vaqueros de los westerns hablaran valenciano porque, como todo el mundo sabe, John Wayne hablaba el castellano aprendido en el barrio de Salamanca. No se rieron cuando los ‘azules’ (por el color de los uniformes policiales) de Hill Street fueron traducidos por una ‘canción triste’ (con esta traducción motivos tenían para estar tristes) o cuando ‘The searchers’ (los buscadores) se convirtieron en un sorprendente ‘Centauros del desierto’. Y no se sorprendieron porque era lo que había, una televisión, una película, un idioma.

Quizás, el gran fallo del Estado democrático construido tras el franquismo haya sido no incorporar desde el minuto uno toda esta riqueza lingüística y plural no solo a su radiotelevisión pública sino a la formación educativa global. Si todos hubiésemos aprendido en clase nociones de euskera, gallego y catalán, y además estuviéramos acostumbrados a presentadores de informativos con acento malagueño, asturiano, murciano o de Albacete, no solo sentiríamos este patrimonio nuestro también, más propio, más cercano y defenderíamos su permanencia sino que entenderíamos perfectamente que España no es una y que una serie coreana puede ser traducida a mucho más que al español de Madrid.

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