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alberto soldado

VA DE BO

Alberto Soldado

Las lágrimas de la unidad

Anda el Congreso de los Diputados encendido en arengas correspondidas con encendidos aplausos. Sigue siendo el tema de la guerra civil y sus consecuencias la manera más directa de calentar los sentimientos y provocar las más sonoras muestras de entusiasmo. Diríase que en el Congreso se han concentrado todos los españoles que no han sido capaces de superar algo que la propia sociedad española superó hace muchas décadas. Precisamente los que vivieron la guerra solían manifestar que preferían morir antes que ver a hermanos matarse entre ellos. Han sido los nietos y bisnietos de los que pelearon los que ahora se juntan a gritos exigiendo sus razones y sus derechos.

Pocos análisis rigurosos se exponen. Prefieren todos alimentar sus argumentos arrinconando la verdad. Dicho está que en aquellos tiempos la democracia llamada liberal estaba herida de muerte por la presión del fascismo italiano, del nazismo alemán o la del comunismo soviético. Es cierto que se trató de una rebelión militar pero no es menos cierto que la democracia liberal, la que proclama los derechos humanos, la tolerancia, el respeto a las diversidades, la libertad de pensamiento y expresión, la libertad religiosa, las elecciones libres, estaba herida de muerte en la España prebélica. Fue una lucha entre fascismo y comunismo que tuvo en aquella España un ensayo general de lo que vino a partir de la invasión alemana de Polonia. Esa es la realidad. Los demócratas, es decir, los tolerantes, acabaron arrinconados y perseguidos por ambos bandos.

España lleva mala marcha si se enzarza en pretender resucitar lo peor de su historia, las dos Españas, en tirarse muertos a la cara; en hacer responsables de crímenes a quienes piensan de manera diferente. Nadie hereda crímenes cometidos por sus antepasados. Quien pega un tiro en la nuca es el culpable. Quien procura que no vuelvan a pegarse tiros en la nuca elige el camino correcto. Así es que tienen mucho que decir en la pacificación los políticos que hoy dicen representarnos. Harían mucho bien a la nación, entendida como unión de diversidades. Porque ocurre que las gentes tienen otras preocupaciones mucho más perentorias y de las que apenas se habla. Ocurre que la crisis se agudiza y que el mundo asiste atónito a una desorientación, a un terremoto de consecuencias imprevisibles.

Y quizás, para acabar con pésimos recuerdos, y dedicarse a lo que toca, alguien debería proponer que se montara un equipo de reproducción audiovisual en una sesión plenaria en el Congreso. Que allí se pasara el video de la final del Mundial de Sudáfrica y que se recrearan las imágenes de las lágrimas fundidas entre Casillas y Puyol. Hay imágenes que son el mejor retrato de la verdad. Y aquella imagen de unidad, que tanto escoció a quien guisaba división durante décadas, es la que el pueblo español en su conjunto aplaudiría con entusiasmo, para vergüenza de los que berrean. Un catalán de ocho apellidos, abrazado a un castellano, llorando por el logro de una ilusión común. Ellos, de procedencia humilde, convertidos en héroes. Jamás se insultarían. Gozaron juntos del triunfo de una España que es posible desde el profundo respeto a las diferencias, pero que no será posible desde la imposición de unos sobre otros, o de otros sobre unos.

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