A punto de cumplirse dos años del inicio de la pandemia y tras más de 260 millones de personas afectadas en el mundo, más de cinco millones doscientas mil personas fallecidas y más de siete mil quinientas millones de dosis de vacunas administradas, la mayoría de la sociedad contempla, con estupefacción, la enorme fortaleza de este virus que se ha instalado en nuestras vidas y resiste con furia, impasible al extraordinario esfuerzo que toda la humanidad en pleno ha desplegado para combatirlo. La poderosa inteligencia humana que subyace en la evolución continua de la ciencia fue capaz de ofrecer, en tiempo récord (apenas unos días después del inicio de la pandemia), la estructura genética de un ser invisible al ojo humano, pero dotado de una gran capacidad de replicarse y transmitirse a velocidades de vértigo, al mismo tiempo que provocaba graves casos que colapsaban los sistemas sanitarios de todo el mundo, independientemente de la fortaleza económica del país afectado. El conocimiento de la secuencia genética del virus permitió el desarrollo de vacunas enormemente sofisticadas y eficaces que han permitido contrarrestar el tsunami destructor que el virus supone.

Pero el virus es también poderoso, desarrolla mecanismos de forma rápida para resistir el ataque de la humanidad y lo hace en forma de mutaciones que le dotan de resistencia a las vacunas, mayor capacidad de transmitirse y mayor capacidad de producir daño. Estas mutaciones acontecen en ambientes comunitarios con bajas tasas de vacunación y donde el virus circula libremente, tal como ocurre en África, India o América del Sur, lo que se ha traducido en la proliferación de nuevos brotes epidémicos producidos por variantes del virus original, denominados en forma de letras griegas (alfa, beta, delta, ómicron, etc.), que amenazan con tirar por tierra todo el esfuerzo realizado.

Actualmente, la variante que predomina en todo el mundo es la variante delta, con una capacidad infectiva un 10 % superior a la variante que dio origen a la pandemia. Así, esta variante es mas infecciosa que el ébola o la viruela, enfermedades que nos atemorizaron en el pasado, y es tan contagiosa como la varicela, enfermedad que el saber popular conoce de su capacidad para diseminarse. Por tanto, con esa capacidad de transmisión necesitaríamos una inmunidad de grupo superior al 80 % para que el virus dejara de circular, eso siempre y cuando la efectividad de las vacunas fuese del 100 %, algo que, aunque se le acerca, no ocurre. Eso significa que, con mucha probabilidad, el virus se quedará conviviendo con nosotros en un futuro, adoptando incluso un carácter estacional, tal como vienen haciendo ya y desde hace tiempo otros coronavirus parecidos a este y cuya intrascendencia motivaba que ni siquiera la población hubiese escuchado su nombre.

Ante este escenario de convivencia con el enemigo, sólo hay dos caminos que han demostrado sobradamente su capacidad de protegernos: el respeto de las medidas de autoprotección y la vacunación de toda la población. Pero en un mundo globalizado e interconectado como el actual, resultará a todas luces insuficiente lograr altas cotas de vacunación en Europa mientras una proporción importante de países no llegan al 10 % de sus ciudadanos. En ese contexto, el virus seguirá campando a sus anchas. No hay atajos, no hay remedios milagrosos que permitan soslayar el camino principal. La covid-19 está matando 50.000 personas en el mundo cada semana y con tendencia a aumentar en los próximos días. De cada 100 personas que contraen la enfermedad, 2 fallecen, eso sin contar las que sobreviven con secuelas dolorosas y persistentes que afectan gravemente a su calidad de vida, y todo ello acontece primordialmente en personas no vacunadas. Mientras tanto, las personas vacunadas no contraen la enfermedad o si lo hacen, desarrollan síntomas menores que en la mayoría de los casos no van más allá de un vulgar catarro.

Casi 90.000 españoles han fallecido por esta enfermedad desde el inicio de la pandemia. Una gran mayoría de ellos hubiese deseado tener la posibilidad de estar vacunado y obtener el salvoconducto a la salvación. Lamentablemente, el tiempo estuvo en su contra y no llegaron a tiempo al desarrollo de la vacuna. Otros, en cambio, desde el desconocimiento, la negación o la incredulidad desestimaron la vacuna que la ciencia les ofrecía. Es probable que todos ellos, mientras aislados de sus seres queridos contemplaban el mundo distópico de sanitarios con trajes de protección que les atendían, soñaran con la posibilidad de dar un salto en el tiempo y disponer del remedio que ahora tenemos.

En la memoria de todos ellos edifiquemos un ejemplo de compromiso y determinación en la búsqueda de lograr alcanzar la vacunación cercana al 100 % de la población; es el único camino posible para arrinconar al virus y continuar disfrutando de los inmensos placeres que nos ofrece la vida.