Opinión | TRIBUNA
Grandes corruptos y pequeñas corruptelas
Hoy 9 de diciembre se celebra el Día Internacional contra la corrupción. Y el lema para la campaña de este año es: «Tu derecho, tu desafío: dile no a la corrupción».
Pero ¿qué entendemos por corrupción? Si acudimos a la RAE nos encontramos con este concepto: «En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho económico o de otra índole, de sus gestores».
Uff… menos mal… como no soy gestor en ningún ente público, ni siquiera privado, seguramente no me incumbe esto de la corrupción. Es sobre todo cosa de políticos y funcionarios.
Y ahí nos quedamos muchas veces. Y para mí significa una visión reduccionista del concepto de corrupción. La corrupción nos puede alcanzar a todos, no solo como sujetos pasivos sino como personas que nos sentimos libres de utilizar pequeñas triquiñuelas, trampas, amiguismos, privilegios no justificados, atajos, el colarse por la puerta de atrás, el sacar ventaja de otro sin su consentimiento… Abuso desde cualquier posición de poder establecido o simplemente ejercido.
Lo peor de la corrupción no es que la percibamos en alguna capa de nuestra sociedad o de nuestra clase política, sino que se vaya extendiendo como una práctica social autojustificada por la actuación de personas que ocupen puestos de relevancia, influencia o alta visibilidad.
Es una cuestión cultural que tiene su punto de partida en la educación básica. En cómo nuestros niños y niñas aprenden a relacionarse con otros y a respetar las normas cívicas y leyes que facilitan la convivencia desde un principio al que habría que potenciar desde todos los niveles: la igualdad de oportunidades.
Y esa igualdad de oportunidades exige previamente una igualdad de derechos, un tratamiento igual ante la ley, un no ser discriminado social y laboralmente por razones de género, religión, raza, ideología, edad…
Y desde Fundación por la Justicia no solamente denunciamos los casos de corrupción, sino que tratamos de impulsar comportamientos ético-sociales en los diferentes proyectos en que participamos.
Son tiempos para que desde cualquier plataforma impulsemos la autenticidad e integridad, enriquecidas por la cultura de la compasión que no es simple caridad con el que sufre sino un compendio de empatía más acción.
Y no es fácil que cada uno de nosotros, desde nuestra responsabilidad como ciudadanos, resuelva actuar éticamente cuando aparecen con demasiada frecuencia casos de corrupción cometidos por políticos, funcionarios, empresarios, sindicalistas o personas de relevancia social. El descubrir ese «mal hacer» de personas más relevantes que al ciudadano de a pie parece que le da pie para actuar de la misma forma… a su nivel.
Y entonces, encontramos que la sociedad se va fragmentando y la desconfianza crece entre los diferentes miembros de la misma. Y esto dificulta y hace más costosa cualquier transacción, cualquier relación.
Jan Francis Fukuyama en su libro «Trust» planteaba que «el futuro de los países correlacionaba directamente con el nivel de confianza entre unos ciudadanos y otros porque, aumentando el nivel de confianza, disminuyen los costes de transacción».
Y cuando hay desconfianza la burocracia crece y hace la vida más compleja, más difícil, menos fluida y más artificiosa. Y con frecuencia esa burocracia no impide la corrupción, sino por el contrario es aprovechada por aquellos conocedores de los «recovecos y rendijas» que aparecen en los diferentes procedimientos y procesos.
Y si la corrupción nos lleva a desconfiar cada vez más de los otros ese fenómeno se acrecienta todavía más cuando existen grandes desigualdades socioeconómicas.
«Ya está bien de organizaciones y personas que aparecen como anónimas ante cualquier autoridad». Apoyemos todos la transparencia desde nuestra propia transparencia.
¿Somos capaces de actuar de la misma forma cuando sabemos que nos están mirando que cuando no?
¿Tenemos el coraje para denunciar corruptelas y abusos de poder?
¿Avanzamos en nuestra coherencia entre nuestro decir (a otros) y nuestro propio hacer?
¿Estamos dispuestos a dar ejemplo de integridad y búsqueda de la equidad sin esperar a que otros comiencen a darlo?
¿Seguimos creyendo y esperando que una sociedad menos corrupta, más justa y más equitativa es posible?
Tales de Mileto (625 a c) nos decía: «La esperanza es el único bien común a todos los hombres. Los que lo han perdido todo, la poseen aún».
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