Aconteceres de muy diverso cariz nos arrastran a ese estado de ánimo en el que te sientes desorientado y, por tanto, no sabes, por muy libre que te creas, cómo mantener el rumbo cotidiano de tu actuar y desear. La razón de nuestra desorientación surge de hechos o de propuestas que nos distancian de uno de nuestros centros de interés y de nuestras creencias.

¿Cómo no abrir un profundo interrogante al tener noticia de que muere quemada una familia que vivía en un bajo comercial abandonado por okupado y que esa muerte les ha venido costando 700 euros al mes que pagaban a la mafia que seguirá regulando esos arrendamientos en Barcelona? ¿Cómo no sentirse desorientado al ser sabedores de que todo el poder de la administración (estatal, autonómica y local) no ha sido capaz de cortar el poder de esa mafia? Este tipo de «hechos» no tiene el más mínimo recoveco en el que alojar una disculpa y no existe calificativo que pueda hacer justicia a tanta indignidad.

No solo eso que se denominan sucesos nos bloquea y deja desorientados. También algunas reflexiones por su debilidad, vaguedad y desajuste con la realidad. Este es el caso (Levante-EMV 29, 11) del profesor T. González Picornell, representante de los directores de Secundaria de toda España: «Una de las cuestiones más ilusionantes de la nueva ley (Lomloe) es que pretende que todo el mundo que empieza unos estudios los finalice». Y cuándo no ha sido así, cuándo ese propósito no ha guiado la actividad de cada profesor y del más torpe de los legisladores? Puestos a desorientarnos con obviedades también se afirma: «según la nueva normativa, el equipo docente es quien decide si es mejor que el alumno promocione, titule o repita, lo que debe ser una excepción (…) Si es una decisión solo de un profesor, no es la mejor opción; es mejor que todo el equipo docente tome la decisión». Desde que la evaluación se puso en marcha la dirección del centro convocaba al conjunto de los profesores de cada grupo para valorar la actividad de sus alumnos. En esas reuniones, presididas y reguladas por el tutor del grupo, siempre se ha valorado a favor del alumno el hecho de haber mantenido su interés por adquirir hábitos y conocimientos fundamentales, v.gr. de lectura y escritura. Más aún siempre se han disculpado los momentos en los que su interés ha decaído y siempre se ha considerado como obligación del docente el incitarle a superar esa situación.

No se engañen. Presentar como una innovación que justifica una ley lo que ya es práctica diaria, desconcierta y desorienta. ¿Qué se pretende lograr y no se dice? Verdad es que la conducta del grupo de profesores puede no haber estimulado lo suficiente el que el estudiante se responsabilice de la propia formación; puro y bastardo signo de tiempos complacientes. Y, sobre todo, al dar cuenta del nivel de conocimientos y de los hábitos adquiridos, al evaluar, ¿los profesores se habrán cuestionado si ese ciudadano estaría en mejores condiciones al concluir sus estudios para ejercer sus derechos y llevar adelante su promoción en la vida?

Por cierto, los burócratas de la transversalidad han decidido retirar la filosofía de la ESO. ¡Qué proceder tan extraño! Por doquier leo manifiestos y análisis contra esta forma de entender la transversalidad que olvida el análisis de términos como norma, autonomía, verdad, imitación, método. En la apuesta de esos burócratas de la trasversalidad se olvida una enseñanza de Adorno: «lo dicho vagamente está mal pensado».