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Julio Monreal

EL NORAY

Julio Monreal

Una joya en busca de destino

Interior del edificio de Correos en la plaza del Ayuntamiento de València.

Catorce meses después de que saliera a la luz el interés de los responsables de la Generalitat en la adquisición del edificio de Correos en la plaza del Ayuntamiento de València parece que la operación está a punto de cerrarse. El servicio postal ya no es lo que era y el inmueble de estilo ecléctico con elementos modernistas inaugurado en 1923 sobre un solar que el Estado se quedó tras el derribo del barrio de Pescadores es una joya singular digna del mejor de los nuevos usos posibles.

El inminente cambio de titularidad de la que ha sido sede de Correos durante casi un siglo va a abrir un intenso debate sobre el destino de sus monumentales estancias. El Gobierno autonómico de Ximo Puig parece tener una idea clara sobre su futuro, pero no la ha desvelado. Desde esta tribuna se sigue considerando que el mejor uso posible para el edificio es el de un nuevo Museo Fallero que haga justicia a una fiesta que es Patrimonio de la Humanidad desde hace cinco años. La plaza del Ayuntamiento es el escenario principal en el que desarrolla esa fiesta universal y el gran vestíbulo del palacio de comunicaciones es de los pocos que permiten plantar a cubierto una falla de 30 metros de altura con carácter permanente para que quienes visitan la ciudad fuera de las fechas josefinas se hagan una idea de su volumen. Ninots indulats, indumentaria, pirotecnia, ofrenda… Todo cabe en esa céntrica manzana a la que se puede incorporar la tecnología más avanzada en línea con los nuevos museos del mundo.

Sin embargo, parece que ese museo fallero cuyos fondos se aprietan en un reducido espacio de la que fue cárcel de Monteolivete no entra en los planes del Ejecutivo regional, cuyas mentes pensantes sin duda cavilan sobre otro uso mejor.

Desde que en 2016 se planteó desde estas páginas la idoneidad del edificio de Correos como nueva sede para la fiesta de las Fallas han sido varios los destinos que han sido propuestos para el singular inmueble. El portavoz de Ciudadanos en València, Fernando Giner, se declaró partidario de convertir el espacio en un centro de innovación y emprendimiento; un museo del arte de entre siglos (XIX y XX) también surgió en el debate, pero estas y otras posibilidades han sido sucesivamente descartadas por quienes ya negociaban con el entonces ministro valenciano de Transportes (y responsable de Correos), José Luis Ábalos, el cambio de titularidad del inmueble.

La digitalización galopante, las enseñanzas de la pandemia por coronavirus y hasta las nuevas líneas de actuación política abren nuevos horizontes y nuevas necesidades.

No se puede descartar que el Ejecutivo valenciano tenga en mente reservar el edificio de Correos para una de esas nuevas instituciones del Estado que el presidente Pedro Sánchez ha prometido ubicar fuera de Madrid, en respuesta a la insistencia de Ximo Puig sobre la injusta aspiradora de recursos en que se ha convertido la capital de España. La descentralización de organismos puede abrir nuevas oportunidades para espacios hoy en desuso o infrautilizados, como la sede que Hacienda abandonó en Guillem de Castro para trasladarse a un edificio de nueva planta en la avenida de Francia previo paso por la plaza del Ayuntamiento como inquilino; los cuarteles del Paseo de la Alameda, el inmueble que fue sede del Gobierno Militar, hoy Centro Cultural de los Ejércitos, o el mismo Palacio de Justicia de la Glorieta.

Por desgracia, los propósitos descentralizadores han llegado tarde, y con escasa ambición. Puestos a soñar, se podía haber aspirado a albergar la colección de pintura de Carmen Thyssen, cuyo alquiler fue renovado por el Gobierno de España en julio pasado para los próximos 15 años y a cambio de una renta de 6,5 millones de euros anuales para la baronesa. La valosa colección de Tita Cervera (425 obras) permanecerá así junto a la que su marido, el barón von Thyssen, cuyas 775 piezas fueron vendidas al Estado español en 1993 por 44.100 millones de pesetas.

A todo el mundo le parece estupendo aún hoy que todo ese impresionante repertorio de la pintura universal se acomodara en el palacio de Villahermosa, a un paso de cebra de distancia del colosal Museo del Prado y a un tiro de piedra del otro vértice del triángulo de oro del arte, el Museo Reina Sofía, siempre con la garantía y el presupuesto del Estado, al que se sumó para rematar la faena el CaixaForum de Madrid. A nadie se le ocurrió pensar que cada una de esas locomotoras culturales era capaz de dar vida a una ciudad de tamaño mediano e incluso grande. No hay más que ver lo que el Guggenheim ha hecho por Bilbao o el impulso que vive Málaga gracias, en buena medida, a su Museo Picasso y las extensiones de los museos Carmen Thyssen y Centre Pompidou.

València, en cambio, vive adormilada de las rentas de los museos de Bellas Artes, Cerámica e IVAM. Lo que se ha hecho después de éste último, abierto en 1989, principalmente el MuVim y el de las Ciencias Príncipe Felipe, carece de atractivo por su contenido. Y mientras, Sorolla sigue sin espacio propio en la ciudad que le alumbró.

La oportunidad de la línea férrea València-utiel

El anuncio del cierre definitivo de la línea ferroviaria Valencia-Cuenca-Madrid que deja sin servicio a varias localidades del interior en las comarcas de Requena-Utiel y en Castilla-la Mancha pone de nuevo de manifiesto que la movilidad y las necesidades de la que se conoce como la España vaciada no se pueden atender adecuadamente desde un cómodo despacho del Paseo de la Castellana. Y tampoco con una tabla de Excel en el ordenador para comparar ingresos y gastos y decidir en función del balance. La EMT de València está en quiebra pero nadie se plantea su cierre porque ha de prestar un servicio público. La Generalitat tiene con la línea València-Utiel una oportunidad inmejorable para ponerla como ejemplo de gestión de proximidad y reivindicar con más fuerza la transferencia de las cercanías de Renfe a la Administración autonómica.

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